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Yo no recuerdo, ni me importa gran cosa saber el nombre del fundador del barrio de las Ventas del Espíritu Santo, ni cuándo se colocó la primera piedra; sólo sé que, más dichoso que otros barrios del interior ó si se quiere del casco, se mira constantemente en las aguas transparentes del arroyo Abrofiigal, tan escaso en caudales, que los días en que las vecinas lavan un montón de ropa, tiene que pedirle agua prestada al Manzanares, y eso si le coge en fondos. Pero indudablemente su fundación data de unas antiquísimas ventas, descanso de trajinantes y postas, establecidas al otro lado del puente, y que eran, por decirlo asi, la última jornada para los que llegaban á Madrid por la carretera de Aragón. Cuando se inauguró la Plaza de Toros, el movimiento se acentuó, y á los merenderos ya instalados junto á las antiguas Ventas, fueron agregándose casas modestas, para obreros en su mayor parte, hasta constituir hoy un numeroso y poblado barrio, animadísimo los días festivos, en que buena parte de la gente bullanguera de Madrid baja á tomarse unos callitos, á marcarse una habanera con cualquier moza libre de afectos, y siqueda tiempo, á jugar con los amigos un mus más ó menos ilustrado, según la cultura de los compañeros. No tiene Madrid, como otras grandes poblaciones, alrededores pintorescos y panorámicos donde buscar un día el aire libre tan codiciado durante toda la semana de vida sedentaria; por eso los domingos no tienen el carácter que en otras capitales europeas, donde la facilidad de medios de comunicación por una parte, y lo halagador de la naturaleza por otra, lanzan á todo el mundo á disfrutar del oxígeno, del ambiente reparador en los coquetones pueblecillos inmediatos, llenos de viUas y de chalets de recreo. En Madrid no salimos de las Ventas del Espíritu Santo, un lugar sncio y polvoriento, sin la menor idea de urbanización, desde donde los vivos ven pasar á los muertos en constante peregrinación, en tanto el manubrio del organillo no da paz al cilindro, acompañando á las comitivas fúnebres los últimos tangos y las zarzuelitas en boga. (Pero vaya usted á los clásicos abonados de los días festivos á decirles que hay algo superior á las Ventas del Espíritu Santo! Contestarán que es lo mejor del mundo; que en ninguna parte se divierten tanto como allí, con sus columpios. Tíos Vivos y salones de baile, donde el esparcimiento y el solaz son los mejores compañeros de la fiesta. Las Ventas tienen su público: militares sin graduación, ilustres fregonas, dependientes de comercio, gente del bronce y señoritos de provincia que vienen decididos y casi directamente desde la estación á conocer loa secretos de la vida alegre y juerguista, y se lanzan en el torbellino del baile, hablando románticamente á su pareja, mareándola con el vaivén de sus frases amorosas y tiernas. Los hay en este género verdaderamente arrebatadores, que en cada mirada tumban un corazón. El barrio de las Ventas vive en perpetua alegría. Después de todo, el buen humor es el capital más seguro y productivo. Más vale pasar un rato en el, alegre naerendero, que vivir en la plaza de Afligidos ó pasear por el arrabal de los Melancólicos. JOEQE FLOEIDOE