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SEGUNDA ESPOSA DE FELIPE IV Viudo de dofia Isabel de Borbón, contrajo el rey Felipe IV segundas nupcias con su sobrina carnal la princesa dofia Mariana de Austria, hija de su hermana doña María, la que casó con el emperador D. Fernando III. Poco afortunada fué para España la unión de tan próximos parientes, pues los hijos que nacieron de este matrimonio, ó se malograron como el infante D. Felipe Próspero, que murió á los cuatro años dé edad, y como el infante D. Fernando, que subió al cielo al cumplir uno, ó fueron de constitución tan débil como la de Carlos, el único que sobrevivió á su padre, siendo el heredero de la corona. Como reina no se distinguió por nada notable doña Mariana de Austria. Poco estimada por su esposo, que se casó con ella por razón de Estado; enferma la mayor parte del tiempo, porque sus embarazos eran penosísimos y largos y muy dolorosos sus sobrepartos, su papel en la corte y en el reino fué insignificante, y poco tendría que hablar de ella la historia si al morir el rey el 16 de Septiembre de 1666, no se hubiera encontrado investida de las graves funciones de Gobernadora del Eeiho, como tutora de su hijo Carlos II, que sólo tenía cuatro años de edad al expirar su padre. Desdichadísima fué para la nación esta regencia, pues la que había estado un tanto postergada mientras vivió su esposo, tomó alientos al verse colocada por el destino en el primer puesto, y sólo atendió á dar satisfacciones á su orgullo para tomar revancha de pasados menosprecios. Dirigida y dominada por su confesor el Jesuíta alemán Juan Eveiardo Nitard, hízole dueño no sólo de su corazón y de su conciencia, sino de la gobernación del reino, que puso en sus imprudentes manos, elevándole á los más altos destinos como el de inquisidor general, y haciéndole entrar en el Consejo de Estado, donde, según dice el P. Flórez, tuvo mejor lugar que el propio D. Juan de Austria. No era el hijo del difunto rey hombre de carácter blando, ni se avenía á sufrir humillaciones, y entre él y el confesor de la Reina estalló una lucha encarnizada que saliendo fuera del Consejo y alimentada por partidarios del uno y del otro que en la revuelta buscaban su provecho, fué manantial de males para la nación, que necesitaba de reposo para reponerse de los quebrantos sufridos en el anterior reinado por las debilidades del monarca y la gestión desdichadísima del conde- duque de Olivares. Preponderó el confesor en Madrid, y D. Juan de Austria se marchó á Aragón, desde donde no cesó de hacer la