Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
habiendo tomado antes en ambo 3 casos un gabán, iiíir: i. íuat. ó bastón, ó cualquier objeto manuable que haya -n l: i haliitacióh. iPero el personaje está visible. La tarjeta es trant uilizttiki ra; no se pide en ella nada; ni recomendación ni dim- ro. Kl suñor se decide á recibir al portador. Tenga usted la boudad de esperar en este despacho: el sefior sale en seguida. Y entretanto el visitante ha cumplido su misión trasladando á su bolsillo un objeto pequeño, pero de valor, que halla á mano. El sefior recibe cortés mente al que dice ser secretario ó criado (según el traje que lleva) del amigo. -Mi encargo se reduce á entregar á usted en propia mano esta tarjeta. No necesita la contestación. Usted la dará directamente. Y el portador se va, cambiando al paso, si puede, una capa ó gabán en buen uso por los harapos que dejó con ese propósito colgados á la entrada. -Aquí me tiene usted á su disposición, dice un amigo al personaje. -Yo estoy siempre á la suya. -Y perdóneme si he tardado en venir. Pero un asunto imprevisto- -Pues usted me dirá en qué puedo servirle. -A usted le toca darme el placer, puesto que usted me ha citado á esta hora y en esta casa. ¿Yo? ¿Cuándo? -Anoche. ¿Anoche? No recuerdo... Aquí hay algún error. -íío es posible. Vea usted su tarjeta. ¿Mi tarjeta? Y el amigo pone en manos del personaje una tarjeta que contiene algunas palabras con la cita de referencia. -Pero yo no he escrito nada. Ni esa es mi letra. -Ya me lo parecía. Pero, podía haberlo escrito otra persona por su orden. -No, señor. Ni siquiera esa tarjeta es mía. -Tiene nombre y señas. -Pero la tarjeta es diferente de las que uso. Esta está impresa; las mías litografiadas. -Me la ha llevado el secretario de usted. ¡Si mi secretario está ausente de Madrid! Han sorprendido á usted. -Efectivamente. Ahora me lo explico. Anoche echamos de menos un magnífico paraguas que estaba en la bastonera. No sabíamos á quién atribuir la falta. Nadie había entrado en casa sino el secretario susodicho. ¿Quién iba á sospechar de él? -Pues él es el ladrón. Y ahora comprendo por qué he recibido tantas contestaciones á tarjetas que no he escrito. La mitad de mis amigos están robados como usted, amigo mío. ¡Y buena tarea me cae encima si he de contestar á sus cartas El respetable señor D. Antonio X, hombre estimado, conocido y casi popyílar en Madrid, cogió su sombrero y se fué á las redacciones de los periódico. s, contándoles lo sucedido y el abuso y engaño que con su nombre se cometía. Los periódicos lo anunciaron para poner en guardia á los amigos de D. Antonio, encargándoles además que prendieran á quien se les presentara con las tarjetas supuestas. o Y es el caso queeutre las personas estafadas había algunas que D. Antonio no conocía ni de vista, aunque sí de nombre, por ser éste notorio. El ladronzuelo creyó sin duda que por esta circunstancia habían de ser amigos de la otra persona también notoria. Loa tales señores merecían una explicación verbal del suceso. Y D. Antonio, caballero cumplido y cortés, se consideró obligado á visitarles para excusarse en persona del atrevimiento aparente de pedirles una cita sin conocerlos.