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LAS PANDERETAS Era Mari- Antonia la viuda más juncal y más serrana, la más iiermosa y gallarda que durante muchos lustros se había conosío en Ecija, segúii el parecer de los ancianos. ¡Y cuidao que los viejos saben de estas cosas! Conque cuando ellos lodisen, punto en boca y á no jablá más. Mari- Antonia no era muy arta, ni muy baja; ni muy gorda, ni muy dergá; ni muy morena, ni blanca mayormente. Se traía ella unos andares y tenía unos ojos y unas pestañas y un cabeyo Jesús, qué negro y qué hermoso era tó aqueyo! Pues por ahí tó lo emás, pa que se vea si yo engaño al desir que digo que Mari Antonia era un pedasito de bendisión, sin jonjana. Ahora se ha de saber que er señó Curro era un güen moso, más valiente que er Gran Capitán, más salap que las sardinas arenques, y con más reales de prata que un rey de Morería. Y que er tío Chirivitas no le iba en zaga, respective á tó lo dicho. Pues bien, er sefló Curro y ér tío Chirivitas, aqueyos dos mosos erúos y ternes, pasaban las primeras fatigas por la viuda de los ojos, pestañas y cabeyo negros. Ella bien se lo sabía é memoria, pues tan siquiera con. guiparlos con er rabiyo del ojo, cuando iban á visitarla á su cortijo tan peripuestos y jacarandosos, con observar que se queában rojos como guindiyas, como si sintiesen cortedá, eyos que eran dos hombres corríos, cuando la coqnetuela les desía arguna sentensia, bastaba pa que, sin difieurtá ninguna, comprendiese que er fuego de la pasión había ensendío los coraaones der señó Curro y der tío Chirivitas. Conque ayegó ocasión en que los dos presonajes masculinos de este cuento, que no es cuento, sino una verdá de las más verdaeras, comparesieron en er cortijo. Iban los dos pa Seviya, á la feria, á mercar cosas de su negosio y de su menester, y como bien criaos que dambos eran, querían despedirse de la dueña de sus suspiros. ¿Conque á Seviya, eh? -dijo eya. ¡Ay, Seviya é mi vía, y qué ganiyas tengo de verla! No he pisao su suelo ende que mi Lesmes, que gloria haya, me yevó aya. jAy, Lesmes! Y la viudita sacó er pañuelo, secándose una lagrimiya mu pequefiuela. -No hay que yorá, eal- -exclamó el señó Curro contoneándose. -A mí me entristese ver húmedos esos ojasos. Y además, no está bien que se jipe por un defunto dimpuós de tres años que- se j u é a r h ó y o Y no queriendo deja pa luego lo que ahora se le acudía por milónsima ve ende que conosía á la viuda, suspiró jondo y añadió bajito: -Créame á mí, Mari- Antonia, hay que busca ar muerto un surtitnto. Asín como asín, yo sé de uno que está chalaíto por usté. -Y yo dex) tro, -agregó er tío Saliviya, poniéndose tristón. Conque los dos hombres se miraron, hisiendo un gesto. -Ya lo sé yo que tengo mu güenos quereres- -orjetó la interfecta, -perojayl no hayaria en el mundo otro como mi Lesmes. ¿Se quiustó cayá? Si cuando me pongo yo la mano en er pecho pienso. mismamente, de verdá, como me yaman Curro, que he nasío pa usté y que le vengo á usté pintiparao. ¡Misté qué cosasl Y aluego disen que no hay dos del mismo pensar Pus eso qué está ustéisiendo se me ha ocurrió á mí, á fe de Chirivitas, siento de siento ó vese. -Por una mira cariñosa de Mari- Antonia, doy yo catorse ú quinse vese la vía. -Por una sonrisa durse de esa mujé, jago yo los imposibles. -Señó Chirivitas, hemos de vernos las caras. -Señó Curro, cuanto antes mejó. -iVárgame la Vingen y qué súpitos que sois ustésl Carma, que paeseu dos chusqueles hidrofróbicos. Entoavía no es la cosa pa tanto. ¿Les he dao yo esperansa? En jama de los jamases. ¡Ay, Jesú, Jesú, y qué genio que tién los hombres! Denguno como mi probesito Lesmes, que tó se gorvía melasa. ¡Desaboríos! ¡Vaya, que se traen unas ronquinas! Ya no me atrevo á pedirles que me traigan argo. ¡Mi arma! Si la voy yo á trae toa la conflturía é Seviya... ¡Mi reinal Si yo la voy á presenta toa la bisutería é la feria. -Y yo una cotorriya que prenunsie su nombre seis vese por segundo. -Y yo er alifante má grande que haya nasío de alifanta. -No tanto, que se van ustés á quear probes. Me contento con una panderetiya- ¿Y voy yo á merca esa miseria? -PJdasté una miajitiya más. -Que no, ¡vaya! Sólo quiero que ca uno de ustés me traiga una pandereta de la feria. Pero bonita, con munchas sintas y alamares, y sobre tó, que haya en eyas versos de esos que suenan tan bien- -Vasté á tené una pandera que suene como una harpa. -En la mía vasté á lee versos más superiores que los que jase er señó don Sorriya- -Y ahora pido otra cosa. Que se den ustés las manos en seña de pas. -Eso no pué ser.