Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
LA CAMPANA DE LA MI- VK ri- i -r- i r Mi amigo habló de f este modo: -Han pasado ya muchos años; más de los que yo quisiera. Tenía quince ó dieciséis, y adivinaba de la vida todo, menos el tedio. Triste unas veces y alegre otras, sin causa más definida para aquellas t r i s t e z a s que para estas alegrías, en las horas melancólicas y en las horas risueñas era dichoso -I- I, ri it ji I melancolía es al principio de nuestra existencia á modo de amargo que nos abre el apetito del placer, y la risa de la juventud se cree eterna, porque brota espontánea, como si no hubiera manantiales que brotan hoy copiosísimos, se debilitan luego, y al fin desaparecen ó se extravasan en los profundos senos de la tierra. Era yo, en fin, como hemos sido todos á esa edad, un poco poeta y un mucho parecido á aquellos jovenzuelos atenienses á quienes desvelaba el laurel de los juegos ojímpicos; la vida se me representaba como un hermoso espectáculo, y sin desconocer sus fatigas ni olvidarme de sus golpes y heridas, me ensordecían el rumor de los aplausos, el estallido de las aclamaciones, y sobre todo, jamás pensé que á los luchadores olímpicos pudiese vencerles ese enemigo tenaz ó invisible que se llama el tedio, como jamás pensará la primavera, aunque adivine la violencia del huracán y la f aria de la nube tempestuosa, que sobre sus ramas florecidas ha de caer al fin la nieve, la nieve lenta, tenaz, silenciosa, monótona, que todo lo apaga, que todo lo funde, que todo lo borra. Vivía yo entonces con mi familia en una hermosa capital del Norte, que á semejanza de las personas que duermen mucho, conserva una perpetua juventud; sus inviernos comienzan cuando aún los vendimiadores no han arrancado en otros países los primeros racimos, y no concluyen sino cara al sol de Julio, y como avergonzados de durar tanto tiempo. Y esa ciudad dichosa duerme su largo sueño invernal bajo el manto de la nieve ó la costra luciente de la helada, sin que nada la inquiete ni perturbe, como una hermosa estatua yacente de mármol blanco, duro y frío. Para prepararme á las grandes luchas y á los grandes triunfos de la vida, devoraba yo codicioso en la biblioteca de mi padre libros y más libros; historia, filosofía, ciencias, las obras sublimes de los poetas, de los pensadores, narraciones de viajes, estudios sociales, descripciones de nuestro mísero organismo, novelas, sátiras, arideces matemáticas. Cuanto ha producido el ingenio humano pasaba ante mí en desordenada lectura, dejándome en el espíritu más el ritmo que la melodía, más el acorde confuso que la idea definida y clara. La noche invernal me brindaba el silencio de sus largas horas para esas orgías de lectura, y sentado yo junto á una chimenea bien abastecida de combustible, sólo apartaba la mirada de las páginas del libro para fijarla en las llamas de la chimenea, viéndolas crecer codiciosas sobre los crujientes troncos, como crecía la llama de mi espíritu sobre las enseñanzas y bellezas devoradas por mí con más codicia que el fuego sus amontonadas presas. Y mientras mi espíritu y la llama de la chimenea libraban aquella lucha de res plandores, en la dormida ciudad iba cayenio silenciosamente la nieve. He de decirte que próximo á mi casa alzábase no sé qué edificio público, y en su tejado, sostenida por un armazón de hierro, pero sin cupulilla que la cubriese, la campana de un reloj, herida por el golpe de un martillo, pregonaba vocingleramente las horas. Al comenzar yo mis lecturas solían sonar las campanadas vibrantes, agudas como toques de clarín, por él dormido espacio; pero según la noche avanzaba, y la nieve, cayendo lenta, cubría al fin toda la superficie de la campana, su sonido hacíase cada vez más tenue, más opaco, más confuso, y alas altas horas de la madrugada ya el martillo no hería al metal, sino á una espesa capa de nieve, y apenas si entonces producía un son trémulo y gangoso con cierto no sé qué de ironía como las palabras de los viejos. Bien podía yo haber adivinado al oirlo la existencia del tediol Pero para mí entonces, futuro luchador, hambriento de la vida, la campana de la nieve con sus sones gangosos ó irónicos era n todo caso motivo de burla desdeñosa. iQué sueño tiene la infelizl decía sin apartar mis ojos, cansados pero no hartos, de las páginas del libro. Y la olvidaba bajo su caperuza de nieve. Pues bien, amigo mío; hoy la oigo todas las noches. Cuando el ineonaniomefatigaeaellecho, y paraasirel sueño por medio del caQsancio evoco todos los sucesos felices ó desventurados de mi existencia, y hasta saco aplaza las ambiciones de la juventud y aun las monadas de la niñez, oigo de pronto el son gangoso é irónico de la campana de la nieve, que parece que suena dentro de mí, y ál oirlo nO deseo íii llamas, ni lecturas, ni laureles, sino dormir, dormir siempre como una estatua yacente de mármol duro y frío. Como dormía aquella ciudad del Norte mientras á mí me desvelaba la gran curiosidad de las cosas grandes de la vida! i DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA J o s i DB ROURE