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La paternal tutela qnc SiU- cla y Hato ojereían s o b r e nuestro mínimo Gobierno, cuya minoría de edad se p r o c l a m ó oficialmente, declarándole m- esponsable y reclamando para él todas cuantas indemnidades reconocen las leyes á los alienis, incluso la estttatio ia iiitetjruin del De 1 echo romano, si necesaria fuese, tenia que dar á la fuerza los resultados que estamos presenciando. No en balde dice el refrán: Quien con chicofi e acuesta, etc. En m a l a h o r a se decidieron D. Francisco y su consorte á abrir el Parlamento, ó sea á abrir ux salones, porque la C á m a r a h a perdido ya por completo el cai áctor solemne y augusto de templo de las lenes, convirtiéndose en u n a especie de kor ardoinóstico del partido imper a n t e donde los diputados acuden como de visita, y donde se d a n üeladas polUic- as tan cursis ó m á s que las veladas musicales, teatrales ó h t e r a r i a s con baile final, cultivadas ¡todaviaJ por algunas familias burguesas de la calle del Ti- ibulcte Tan fiel es el parecido, que no faltan en el Congreso, como en aquellas lertuKas, invitados de buen humor; dígalo, si no, el Sr. Romero PLOblcdo, cuya asistencia tiene por objelo echarlo todo a b r o m a reírse de los dueños de lo, co. sa y llegar en la libertad p a r l a m e n t a r i a h a s t a el extremo de que los demás inaitoAos se hagan cruces del atrevimietito del de afuera y de la paciencia de los de dentro. De seguro que el caballero del Frontón Central siempre que e n t r a en el salón de sesiones se acuerda de aquellas cachapinadas á que asistía c u a n d o ora estudiante y a n d a b a escribiendo Ictreritos por las paredes, y en las cuales se jugaba á la lotería con habichuelas al a m o r del brasero y de la n i ñ a de la casa, se apagaba l a luz i n o p i n a d a m e n t e sin que nadie tuviera cerillas para encenderla de nuevo, se cant a b a el on- ei moriré y la Stella confidente, se bailaban lanceros, y á último de temporada concluían los contertulios por llevarse h a s t a los cliismes de la cocina y limpiarse las narices con los cortinoríes. Y hace bien el Sr. Romero Robledo; si las tardes del Congreso vienen á ser las soirées de Cachupín, ¿a. qué tornarías en serio y ecliárselas de Kios Rosas ó de Divino Arguelles, cuando los tiempos son de Pepito Refresquen y de Joaquinito JRodq as Hasta los caramelos y el vasito do agua con azucarillo vienen á dar á las sesiones el carácter de tertulias de confianza. Y la verdad, señores, ¿qué se ha hecho en el actinal período parlamentario m á s que m ú s i c a baile y juegos de salón? Se empezó por u n a sección de escamoteo de secrolarías, que hizo las delicias de la concurrencia, á pesar de armarse u n a pequeña bronca, porque el duque de Bivona creyó que el juego no había salido muy limpio; después, lecturade los Presupuestos fantásticos por el niño menor de la casa, que se siente vate, aunque económico; luego se agarró Romero Robledo al man. ubrio y ejecutó todas las piezas del repertorio, desde el 11 ii ano de Rier o h a s t a la polka de Los inútiles, bailando éstos, digo, los ministros, al son que les tocaban, excepto ügarte, que se salió de tono A García Ahx le tocó bailar con la m á s fea. Don Marcelo bailó muy poco, porque le pesa mucho el cargo. Suspendióse el baile p a r a que otro niño de la casa, que es cadete de infantería, diese lectura de u n a s reformas mili tares que ha inventado p a r a ponerlas en práctica cuando llegue á ministro de la Guerra. Los que las oyei on dicen que el chico promete Pero ¡ya verán ustedes como no cumple! Reanudóse el baile, sustituyendo á Romero Robledo en el manejo del manubrio el joven P r a d e r a y otros contertulios. Cansados de t a n t a música decidieron jugar a l a s prendas, lo cual en esta clase de tertulias es muy socorrido; pero tuvieron que desistir, poi- que ninguno quería soltar pi- enda... Total, que solo faltó que el Diario de Se. iiones lo hiciese m i querido maestro Luis Tabeada. Como si esto no fuese bastante á desacreditar el sistema, Silvela y Dato, que h a b í a n abierto el P a r l a m e n t o fiados en la prudencia de los chicos, porque ya son mayorcitos, se encontraron con que éstos, lejos de estarse quietecitos, contribuían á a u m e n t a r el desorden de la reunión con sus intemperancias, y bastaba que les m a n d a s e n u n a cosa para que hiciesen la contraría. Ya lo dice t a m b i é n el refrán: A r raciccs de chicos y á canto de pá a vs no inciten a nadie. Hasta Marcelo, que parecía el m á s formalito, se desmandó como todos sus h e r m a n o s de cartera. Y p a r a fin de fiesta, cuando lodos los incitados abandon e n el salón do sesiones, despidiéndose h a s t a la próxima, ¿saben lo que h a r á n los chicos P u e s echar la llave del P a r l a m e n t o y dejar encerrados i. sus papas y al mayordomo de la casa, p a r a que se concluyan de pudrir dentro. En vano Silvela y Dato y Villaverdo gritarán a m e n a z á n doles si no les franquean la salida. Los chicos se reirán y e x c l a m a r á n desde la calle: Ahí o. quedáis; nosotros nos vaihos de boda y de Pascuas. EL SASTRE DEL CAMPlLLu