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De pronto, al ver que el cobrador aparecía en la puerta sacando el rollo de billetes, que le pareció un revólver de ocho tiros, una idea salvadora vino en su auxilio, y decidido á ponerla en práctica, se levantó diciendo á la señora: -Con permiso de usted, voy á fumar á la plataforma. -Ño, Gonzalito, no; de ninguna manera, dijo la de Guagua como haciendo ademán de detenerle para que no pagase. Déjeme usted, déjeme usted. Pero ya Gonzalo estaba junto al cobrador, obligándole á salir á la plataforma como para pagarle allí, mientras la señora de Guagua sepultaba en la faltriquera del vestido el dificultoso portamonedas. Cuando el joven se halló en la plataforma, acercóse al borde del estribo y llevó la mano al bolsillo del chaleco. ¿A d ó n d e? preguntó el empleado del tranvía. Ocho aZ Samo. exclamó Gonzalito en la misma trágica entonación que si hubiese dicho: c ¡Al otro barrio! Y murmurando eiitre dientes Creo en Dios Padre, dejándose deslizar como si resbalase, apoyándose en el bastón, se tiró hacia delante, cayendo de bruces en tierra, donde quedó inmóvil. Un grito unánime resonó en el tranvía. Pusiéronse en pie la señora de Guagua y las niñas, hizo sonar el timbre el cobrador para que el coche parase, y precipitáronse todos fuera de él para auxiliar á Gonzalito, que, boca abajo al lado de la vía, no meneaba ni pie ni mano, haciéndose el muerto y sin haber recibido ni el más ligero golpe. ¡Jesús 11 Qué desgracia! y- ¡Se ha matado sin duda! 1 Una pareja de guardias que por rara casuali dad hallábase cerca, acudió á levantar al joven, V j mientras varios transeúntes curiosos formaban co derredor. í -í i iJi HBS- -Está desmayado, dijo uno de los guardias. -Y frío, añadió el otro. La señora de Guagua y las. niñas se deshacían en lamentos y exclamaciones; Gonzalito no rebullía; iba engrosando el grupo de curiosos, y por fin uno de los guardias detuvo á un carruaje de alquiler que pasaba desocupado. -IA la Casa de Socorro! dijo. Metieron á Gonzalito en el coche sin que diera señales de vida, y emprendieron la marcha seguidos de algunas gentes y de las amigas de la víctima, que no creyeron oportuno irse á casa sin conocer la gravedad de las lesiones. Cuando llegaron á la Casa de Socorro no les permitieron entrar y aguardaron en el recibimiento el resultado de la primera cura. Media hora después salió un practicante y dijo: -Pueden ustedes retirarse tranquilas. El accidente no puede haber sido más afortunado: se ha reducido todo á un susto que le ha hecho perder el sentido; pero aseguro á ustedes que ese joven no tiene nada. Y Gonzalito escuchando desde dentro, decía para sí: -Es verdad; no tengo nada, absolutamente nada. Ni dos pesetas para pagar el tranvía á esas gorronas! MIGUEL RAMOS CAERIÓN DIBUJOS DS MÉNDEZ BRINCA