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Sgssm f Ya se libran ellas muy mucho de entrar en confitería ó café, ni de ocupar sillas en el paseo, si no van acompañadas por alguien que pueda convidarlas; pero en honor de la verdad debemos confesar que la señora de Guagua saca siempre, para pagar, su portamonedas, una bolsita especial con tales combinaciones mecánicas y tantos resortes para abrirse, que siempre tarda lo suficiente para que pague otro. ¿Y en el tranvía? Son cuatro águilas. Cuando se proponen ir á tal ó cuál parte en pies ajenos, penetran con su mirada en el interior de los coches y allí donde ven un conocido suben y se acomodan, seguras de que no ha de costarles un céntimo. Y así sucedió una noche en que la madre y las tres niñas, con cuatro amigas más, volvían de una tertulia por lo alto del barrio de Salamanca. Resuelta iba la pobre señora, á pasar de sus carnes y de la distancia, á recorrer á pie el largo trayecto de un barrio á otro, es decir, del de Salamanca al de Arguelles, cuando sus ojos de ave de rapiña vislumbraron en el interior del tranvía á Gonzalito, exnovio de Esperanza. -lAlto! ¡altol- -gritó la señora de Guagaa al conductor, que dio freno al oir lo imperativo de la orden. -Arriba, niñas- -añadió, -arriba. Y la madre, sus tres hijas y las cuatro amigas, penetraron en el coche charlando y riendo como siempre. Eran más de las doce, y el coche conducía sólo al mayoral, al cobrador y á Gonzalito. Había sido éste pretendiente de Esperanza, la segunda de las hijas de Guagua, y asustado de lo que le costaban aquellas relaciones amorosas en cafés, sorbetes, vasos de horchata, asientos de tranvía y sillas de paseo, se escurrió diestramente en cuanto pudo con tal habilidad, que no quedó reñido con la madre, á quien siguió saludando como si nada hubiera sucedido, pero sin verse obligado ya á ser forzoso acompañante y pagador do gollerías, ruinosas para su escasísimo caudal. Porque Gonzalito estaba empleado con seis mil reales de sueldo, y gracias á sus morigeradas costumbres y á un orden económico verdaderamente ejemplar, se presentaba siempre pulcro y vestido á la moda y no hacía mal papel ni entre jóvenes de buena fortuna. Sin embargo, siempre llevaba poco dinero, cuando llevaba alguno, que era desde el día primero hasta mediados de cada mes. La segunda quincena ocupaban los bolsillos del chaleco un reloj de níquel, las llaves del pupitre de la oficina y algunos perros chicos: ni más ni menos. Y en esta situación se hallaba cuando faé sorprendido por el asalto nocturno, alevoso é inesperado de la familia Guagua y Compañía. Gonzalito, que era muy vanidoso y se hacía pasar entre las mujeres por hombre de desahogada posición, para lo cual hacía á veces verdaderos sacrificios, quedó aterrado al ver á la mamá, las niñas y sus acompañantes, á quienes conocía también como vecinas del barrio de Arguelles. A l l á van todas, pensó el atribulado mancebo contestando maquinalmente á los saludos de las jóvenes que le apretaban por turno la mano, con esa fuerza efusiva del que aguarda un favor. Gonzalito calculó de un golpe que aquella irrupción inopinada le costaría dos pesetas, y llevaba en el bolsillo... quince céntimos. El tranvía eléctrico marchaba con mucha velocidad; acercábase el momento de que el cobrador presentase los billetes, y el joven no encontraba solución decorosa para salir del compromiso. Contestaba con monosílabos á las preguntas de la señora de Guagua, más locuaz que nunca, y á lo que le decían hablando á la vez todas las niñas, y hubo un instante en que temió caer desmayado.