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meridional, apareció el viado. ¡Ah! ¡él tan alegre todavía la víspera, menos achacoso que el más resistente sexagenario, parecióme más caduco y decrépito que un hombre que hubiera vivido diez siglos! Azorado, con la cabeza descubierta, exangüe, amarillo como la cera délos cirios, adelantóse tropezando como un beodo hacia las cuatrocientas ó quinientas personas de su parentela allí reunidas. Sin saber lo que hacía me cogió las manos, apretándomelas, y yo me estremecí al contacto de aquellas manos rígidas y frías como el acero. Luego cubrieron su cabeza con un amplio sombrero parecido á los que usaban los campesinos en tiempo de Luis XVÍ, que el infeliz había buscado inútilmente por los rincones todos de la casa. Algunos afirrtiaban en torno mío que desde la víspera habla cegado, no acertando á distinguir su mano derecha de Ja izquierda. Al argentino son de algunas campanillas, cuyo eco repercutía en las salvajes gargantas de los contornos, el séquito se puso en marcha. Al cabo de algunas paradas á la bajada del cerro, lleno de barrancos, en los cnaíea las vacas que tiraban del carro fdnebre resbalaban mugiendo, llegó el entierro á la puerta de un mísero cemetjterio, en medio del cual, entre multitud de cruces de hierro emmohecidas, entreabría su boca una fosa recién cavada. En pocos minutos acabó la ceremonia, y el cura iba ya de retirada, cuando el marido du la difunta, apoyándose en dos de sus hijos, arrodillados como él al borde de la tumba, se levantó con gran esfuerzo, elevando al cielo sus brazos convulsos y sus mortecinos ojos, en los cuales descubríanse sólo dos orificios inflamados que manaban sangre. De pie ante el abismo en que yacía enterrado para siempre cuanto fué su alegría en este mundo, extendía los brazos como para bendecir á la muerta; surcaban sus manos rugosas negras y abultadas venas; entreabrió su boca, y no acertó á proferir palabra alguna. Quisieron arrancarle de allí, pero se resistía. De pronto, una avalancha de suspiros atropelláronse fuera de su pecho, tumultuosos y entrecortados. Por fin, tartamudeando como un niño, profirió estas dos palabras: Oompafierita! ¡oh, mi compañerital Y pesadamente se dejó caer en la tierra sin sentido. Fní á verle algunos días después de la inhumación de su esposa. Rodeado de algunas mujeres que le cuidaban suministrándole tazas de tisana, esforzábase por beberías, tendido en el amplio lecho donde por espacio de ochenta afios se mantuvo flel á la compañera de su vida. Al alejarse la esposa leal, se llevó el alma de su leal esposo. Reconocióme en el hablar, y con voz extinta, tan queda que apenas se oía, díjome que después de su desdicha había decaído mucho; las piernas, las espaldas, los brazos, el vientre, la cabeza y el corazón, todo le faltó á la vez; ¡al perderla, todo lo había perdidol ¡Con cuánto ardor deseaba volver á verlal ¡Ah, pluguiera á Dios llevarle junto á ella por toda) a eternidad! Después me estrechó la manos, y sentí como si las mías se petri. a ficasen entre sus dedos mortecinos, helados por completo. Y al verle tiritar y castañetear los dientes, casi tan muerto ya como aquella á quien reclamaba todavía, sin obtener respuesta á sus llamadas le dije: -Abuelo, ¿tiene usted mucho frío? -Sí- -replicó recogiendo las últimas fuerzas que le quedaban para hacer esta última confidencia; -tengo mucho, mucho frío desde que me abandonó mi tortolilla. ¡Oompafierita! ¡oh, mi compafierital Y riendo y llorando como un niño, besaba el sitio para siempre vacío que quedaba libre en el amplio lecho conyugal. L- EON OLA D E L DIBUJOS DB MBKDBZ BRINOA i