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i Si i JÍ Y al reunimos conelloa, el viejo t Nclamó: -I Ahí son ustedes los molineros ilf la Landí Habrá que refrescar. Trae ¡iliji) de comer, hermosa. -Voy- -respondió ella haciendo mi. i reverencia, con el semblante regocij- uin y la sonrisa da una jovenzuela, -voy en Í! MSí- í seguidita. Y entró á escape en un cobertizo, del cual salió con una botella de rosoli y cuatro vasitos, y menudeamos los trinquis, charlando de todo, de lo pasado, de lo presente y de lo porvenir. Aquellos viejos se habían casado el año segundo de la primera república, de la república grande, y el último de los quince hijos que habían tenido, y que ella había criado á sus pechos, nació al día siguiente de aquel en que el terrible emperador, prisionero de los ingleses, salió para Santa Elena. Desde entonces, ¡lo que habían trabajado ai amparo de la Providencia! Toda la patulea estaba ya colocada, casados todos, acá unos, allá otros, y el primogénito, Santiaguillo, era ya bisabuelo. De higos á brevas se visitaban, y el día de la función del pueblo los abuelos presidían la comida de toda la familia, que á la sazón se componía de los quince hijos, varones y hembras, quienes hablan tenido cuarenta y nueve hijas y treinta y dos hijos; éstos por su parte habían procreado tres veces más criaturas; de suerte, que en tal día se reunían más de cuatrocientos cristianos á la mesa. ¡Y tamaña muchedumbre descendía de aquella pareja de tórtolos siempre enamorados! -Tomad- -les dije al volver á cabalgar entregándoles upa torta y un tonelito de vino de Cahor que mi caritativa madre me había puesto en las alforjas rogándome que se lo diera á aquellos abuelos tan queridos y veneradosi- -recibid esto de parte de la que llaman la buena señora allá abajo en el valle. Recogieron el regalo sin melindres y hablaron como si hubieran estado solos: -El domingo, después de misa, echaremos una cana al aire, si te parece, monina. -Sí, monín; pero cuidado con ese vino, que se sube á la cabeza. Si no eres juicioso cuando lo bebas, pol ro de tí! No tendría gracia que á tus años te pusieras á hacer locuras. Y qué le vamos á hacer, hija! Yo fui, soy y seré siempre un poquito loco. ¿Y no te da vergüenza? Aquella pastoral, égloga, idilio ó bucólica, diez años hace que se gravó en mi retina, y el corazón me salta en el pecho siempre que pienso en aquellos dos patriarcas, que ya no existen. Aquí cerca ocurrió la otra noche una desgracia- -nos dijeron un día al anochecer: -la centenaria de Pico Eojo murió repentinamente; mañana la entierran á mediodía. Veinte horas después de conocida esta nueva fatal llegaba yo á la. salvaje colina doñdfcla cabana de las longevidades se erguía, en el centro de una meseta casi plana. Ltiego que hubieron derrarcrado el agua bendita sobre el féretro, puesto en el carro fúnebre, dirigiéronse todos los del acompañamiento á la casita que el ángel de la muerte había visitado Al instante, en el dintel, bañado por un implacable torrente de luz