Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ffX- CJ BI JÓYKMK 3 I I- Lo eran en realidad, y sin embargo, el marido contaba noventa nueve años y la mujer noventa y siete; habían oelebrado sus bodas de plata en 1821, las de oro en 1846, después de medio siglo de matrimonio, y se disponían á festejar las ido Jiamaute cuando yo los conocí, una mañana de Julio- ¡Alto! -dijo mi padre atando al tronco de un olmo su muía, á la cual llevó brida en mano por un sendero tan escarpado y recortado á pico, que ni las cabras podían escalarle sin fatiga. -Haz lo que yo: coloca tu cabalgadura junto á la mía y ven por aquí. -Está bien- -repuse después de separarme de mi acémila, que se regalaba ya con las hojas de un cardo; ¿están ahí? -Sí, agáchate; mira al través de este vallado y los verás allí juntitos. Sentada en un montón de sarmientos hilaba su rueca, y de cuando en cuando, al humedecer el cáñamo puesto alrededor de la caña, acariciaba con sus ojos zarcos á un gato blanco como el armiño, apelotonado contra sus faldas. El, no lejos de allí, removía la tierra de su huerto, y silbando una añeja cancicncilla, miraba con sus pupilas grises á su nivea compañera y la sonreía cual si la fogosa sangre de la juventud circulase todavía por sus venas. -Qaé hermoso está el cielo hoy, ¿verdad, Manon? -lYa lo creo! ¿Trabajas con tanto gusto como yo? -Sí, y nunca me sentí con mejor salud. ¡Bendigamos á la Providencia, que tanto nos ha favorecido! La campana de una iglesia tañía á lo lejos Quitó de su cabeza el gorro de lana, y mientras se santiguaba, ella se arrodilló devotamente. Muy tieso, bastante rechoncho, la piel curtida y los dientes cabales, formaba digna pareja con su compañera, algo regordeta, y cuyas mejillas, salpicadas de manchas encarnadas, aparecían bajo el gorro peculiar de las montañesas del Peouergue. -Y ahora- anadió el marido después de haber rezado sus oraciones- -abrázame, compañera. ¡Ven acá, compañero! Enternecidos y encantados de tanta ternura, mi padre y yo reteníamos la respiración con objeto de no asustarlos; contemplábamoslos en silencio, y no sé qué sensación deliciosa experimentamos cuando se abrazaron patriarcalmente. ¿Me quieres, morenilla, tanto como antes? -Sí, mi rubito. Pe mi pecho inflamado surgió un suspiro, y con voz menos firme de lo que hubiera deseado, mi padre dijo: -Ustedes dispensen, abuelos. Si no les molestamos, entraremos en la casa. -No hay por qué dispensar; entren ustedes cuando gusten; la puerta está abierta.