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Criada servicial como ninguna, y una mujer de bien, sin tacha alguna, era la Nicolasa. Mas desde que entró en casa (y lleva más de un mes, según mi cuenta) no había habido la menor tormenta. El cielo se halló siempre despejado, y no hubimos notado el efecto imponente de la electricidad en la sirviente. Pero há poco, y á causa de un nublado que venía del Norte, horrible tempestad hubo en la corte, con chispas y centellas capaces de partir hasta una roca; y Nioolasa, temerosa de ellas, creyó volverse loca. Encendió á Santa Bárbara bendita dos velas, y otras dos á Santa Eita, y otra al Santísimo y otra á San Vicente, y su alcoba, con tantos cirios juntos, parecía realmente un cementerio en día de Difuntos. A cada trueno gordo, de esos que oye cualquiera, aunque esté sordo, se metía ligera ora en la carbonera. ora en cualquier armario; recorría la escalera, rodaba por los tramos, y aullando se ponía á saltar por encima de sus amos, cayendo desmayada después de tal trajín la desdichada. -iMcolasa, por Diosl Me has asustado! (la dije yo enfadado) cesa ya en tus locuras; te lo exijo. Y ella entcnces me dijo: -En vez de darme tila, si han de verme tranquila que avisen á mi novio, y aunque venga con la chispa que coge de aguardiente casi diariamente, que á mí se agarre y nadie le contenga. ¿Chispa dices? ¿Tu pelo no se crispa temiendo como temes á la chispa? -No, señor; así acaban mis desmayos. ¿Y en qué fundas tu empeño? -En que mi novio está desde pequeño sirviendo á un constructor de pararrayos. Y aunque á mí el contemplarlo me revienta, si quiero conservar á Nicolasa, tengo que verles en mi misma casa siempre que Dios nos manda uña tormenta. JUAN PÉREZ ZÚNIGA