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-Pues señor- -añadió el tío Pedro como tomando alientos para contar lo más interesante de su narración, -que nos fuimos á la Plaza, y en el tendido de sol, acompañado de mis paisanos y de una gran bota de vino que íbamos deshinchando poco á poco, vimos la lidia de los dos primeros toros, que se hizo en plaza entera. Después, con una prontitud que fué aplaudida por todo el público, los carpinteros dividieron en dos mitades el redondel, atravesándolo de parte á parte con una gran barrera. Y empezó la lidia con división de plaza. Dos toros á la vez, cada uno en su sitio correspondiente, menos cuando alguno saltaba y se juntaban ambos en una sola mitad, lo cual ocasionaba lances inesperados, muy graciosos y entretenidos. Una vez saltaron á un tiempo los dos toros la barrera central y tuvieron que hacer lo mismo las cuadrillas para seguir lidiando el que correspondía á cada una; en fin, peripecias muy divertidas. Acabó la función, que me entusiasmó de veras, y nos volvimos á la posada. Con el cansancio de la fiesta y el calor y el vino y lo que yo había gritado, sin cenar siquiera, me dormí como un leño y soñé Oigan ustedes lo que soñé: Prestamos todos más atención, porque el tío Pedro hablaba con mayor expresión que antes, como deseando indicar que aquello era lo más interesante de su relato. -Pues soñé que la Plaza de toros era una cazuela muy grande, muy grande, del mismo barro y de igual forma que aquella en que mi mujer hacía el guiso causa de nuestra desventura. La cazuela estaba dividida por i ¿S jlL- tó. i. g. el centro, como había yo visto la Plaza; en una mitad estaba yo, vestido de valenciano con zaragüelles y sepultado entre el arroz que me rodeaba; en la otra mitad, mi mujer nadaba en un mar de salsa entre muchas patatas que flotaban á su alrededor. Ella y yo nos acercábamos á la barrera que nos separaba, y alargando la cabeza cambiábamos afectuoso saludo Cuando desperté me eché á reír, y al día siguiente me volví al pueblo, y cuando Manuela salió á recibirme tan rolliza y tan fresca, más guapa para mí después de aquella ausencia que aplacó los rencores, nos dimos un abrazo fuerte, muy fuerte, como el de los días felices. -Todavía- -me dijo, -como no te esperaba, no he hecho la comida. ¿Qué quieres, patatas ó arroz? Yo la cogí del brazo apretándoselo con cariño, y empujándola hasta la cocina le respondí de esta manera: -Oye, pichona, nó en balde dicen que en la Corte siempre se aprende algo. Esa cazuela voy á dividirla por la mitad con una tabla, y todos los días en un lado guisarás patatas, y arroz en el otro. Ael quedaremos los dos contentos. -Calla, bobo- -me respondió Manuela, mejor es otra cosa. Un día póndjé arroz y o t r o patatas, y así ni tú ni yo podremos quejarnos. Firmamos las paces y hasta que se murió la pobretica; no volvimos á reñir nunca. Ella era una santa, dijo con la voz conmovida el señor Pedro, yo no soy un mal hombre, y, sin embargo, á punto estuvimos de perder para siempre la paz y la ventura. -Créanme ustedes, señoritos- -añadió luego sentenciosamente, -muchos matrimonios desavenidos serían felices si conocieran la división de plaza. MIGUEL RAMOS CAHRIÓN DIBUJOS DE M S í í D H Z BRTXÍ 5 A