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Los ojos pardos, no grandes, pero sí muy vivos, brillaban bajo los tejadillos grises de las cejas pobladísimas, y revelaban inteligencia clara. -Pues sefior- -dijo por fin el hombre con la entonación k- 1 que principia un cuento, -han de saber ustedes que yo me crié en Valencia con un hermano de mi madre, que desde niño me dediqué á las labores del campo, y que cuando murió mi tío volví á esta tierra, que es la mía, y muy jovencil lo me casé. Fué una locura, porque mi mujer era tan pobre como yo, y trabajando ambos no I Sí ganábamos ni lo preciso para comer. Pasamos hambre muchas veces; pero nos queríamos con toda el alma, y esto nos consolaba en nuestra miseria. En paz y en gracia de Dios llevábamos ya dos años de matrimonio, cuando el diablo, que todo lo enreda, vino á meter la cizaña entre nosotros. Y ¿por qué dirán ustedes? Pues por la cosa más boba del mundo: por unas patatas. Yo, como he dicho á ustedes, me crié en Valencia, y claro es que allí comía mucho arroz, arroz todos los días; en ninguna comida faltaban los granitos blancos, que eran tan de mi gusto; pero desde que vine á esta tierra no volví á probarlos. Patatas, siempre patatas, lo que costaba menos. Mi mujer, como de aquí, y acostumbrada á ellas, las comía siempre con apetito, y yo acabé por aborrecerlas. Ya un día le dije; -Oye, Manuela, vamos á comer arroz, siquiera una vez, para variar, que estoy harto de las patatas. Me complació, y como ella comió muy poco, yo devoré con ansia casi todo lo que llevaba la cazuela, una cazuela muy honda y muy ancha, donde metíamos la cuchara los dos, como es costumbre entre nosotros, que no usamos platos. Cuánto gocé yo con aquella comida, que me recordaba las de Valencia y mis años de niño! Tanto, que supliqué á Manuela que la repitiese, y una semana entera no se varió de alimento. Pero un día al volver del campo y sentarme á la mesa con la ilusión de atracarme de arroz, vi que mi mujer traía la cazuela llena de patatas. ¡Otra vezl- -dije muy disgustado. -Hombre- -me contestó ella, -no seas egoísta. A mí no me gusta el arroz, y lo he comido por complacerte siete días seguidos; bien puedes tú comer patatas un día siquiera. -Tenía razón tu mujer, -dijo Bermúdez- -Claro que sí, -añadimos todos. -á. sí lo comprendí yo- -continuó el tío Pedro, -y me laa comí. Pero al siguiente día volvió á ponérmelas, y entonces protesté, y Manuela se incomodó y reñimos por la primera vez desde que nos habíamos casado. Dijimos los dos cosas muy feas, y nos duró el enojo mucho tiempo, porque ya saben ustedes lo que son las mujeres cuando se empeñan en una cosa; y Manuela, para lograr su gusto, hizo lo que más podía irritarme. Todos los días ponía la cazuela llena de arroz, y ella no lo probaba, comía pan seco, y sólo de verla, vamos, se me revolvían las tripas y el arroz se me quedaba aquí. Al decir esto se cogía con los dedos el sefior Pedro la nuez picuda de su pescuezo seco y amojamado. -En fin, para no cansar á ustedes, que mi casa se convirtió en un infierno, y todos los días á las horas de comer ó cenar, no volaba la cazuela por milagro de Dios y por no romperla, pues no teníamos otra. De ser loi. ¿sados más felices del pueblo, nos convertimos en los más dc- di chados. A la comida voces y riña; á la cena lo mismo, y alsíunas veces más. Aún me avergüenzo al recordar que por cauta tan ruin llegué hasta poner á Manuela la mano encima. Llevábamos así bastantes meses, y ya casi deseaba yo tanto comer patatas como hacer las paces con mi mujer, más enconada cada día, cuando unos asuntos del amo me obligaron á ir á Madrid. Pasé allí más de quince días, y era tiempo de feria. Vivía con otros paisanos míos en una posada de la calle de Toledo, y una fárdeme convidaron á los toros, que debían lidiarse con división de plaza. Pocas veces había ido yo á esa diversión, que era muy de mi gusto, y recordaba casi como un sueño las que había visto en Valencia siendo mozuelo.