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DE PLAZA De sobremesa, después de la cena abundante y sabrosa con que habíamos reparado las f aerzas gastadas en la cacería, se habló de todo en animada conversación. Comentáronse los lances de la jornada, alabando la destreza de unos cazadores ó burlándose discreta é ingeniosamente de la torpeza de otros, y al amor de la lumbre que ardía en el hogar ennegrecido, coloreados por el resplandor rojizo de las llamaradas, consumimos un ponche de vino caliente con hierbabuena y azúcar, invención feliz de uno de los presentes, que se enorgullecía con el éxito alcanzado por su fortalecedora y aromática bebida. La preparación para el sueño no podía ser más eficaz, y algún dormilón había ya indicado su deseo de irse á la cama, con pretexto de lo mucho que sería preciso madrugar al siguiente día, cuando la conversación recayó sobre la presencia de unos toros bravos que habíamos visto por la tarde y que eran conducidos á Madrid para la corrida del domingo inmediato. Con este motivo se habló de los proyectos que, según decían los periódicos, tenía la Diputación provincial para dar aliciente á la próxima corrida de Beneficencia. -Aseguran- -dijo Bermúdez- -que la novedad de este año consistirá en lidiarse cuatro toros con división de plaza. División de plaza! -exclamó en alta voz el tío Pedro, que estaba sirviéndonos la tercera ronda de ponche, y que se quedó como atónito sin llenar el vaso que le presentaban. -Sí, hombre, sí- -añadió Bermúdez; ¿de qué te asombras tanto? -Ustedes perdonen- -dijo el pobre labriego avergonzado de su imprudencia al tomar parte en nuestra conversación. -Al oir eso de la división de plaza no he podido contenerme Suplico á ustedes que me perdonen. No faltaba más! -No hay de qué perdonarle, tío Pedro. -Pues claro que no, -añadieron todos. Y con esto el buen hombre se quedó tranquilo. -Pero, vamos á ver- -dije yo entonces, ¿quiere usted hacernos el favor de decir por qué le ha sorprendido de esa manera el oírnos hablar de la división de plaza? -Ah, señor- -contestó el labriego sonriéndose, -para eso tendría que contarles una historia que no sabe nadie- ¡Una historia! -jY desconocidal- ¡Y relacionada con los toros! -Cosa de matrimonio seguramente, -dijo Suárez, que se la echaba de epigramático. -De matrimonio es, -afirmó el tío Pedro. T -Pues que nos cuente esa historia. 7 -Sí, sí. Que la cuen tel que la cuen te! -gritaron to dos á la vez con el ritmo que en la Plaza grita el público cuando pide otro toro. -Señores... yo... -balbució el tío Pedro todo cortado. -Cuéntala, hombre, cuéntala, ya que estos señores te lo piden- -dijo el dueño de la posesión en que nos hallábamos. -Siéntate, bebe un vaso de ponche y venga la historia. Aplaudimos la proposición, sentóse el tío Pedro después de decir con su licencia, apuró la sabrosa mixtura, se limpió con el revés de la mano el hocico peludo, y aceptando un cigarro que le ofrecí, se dispuso á la narración, no sin hacer antes ese carraspeo con que la gente campesina se prepara siempre antes de hablar largo. El tío Pedro representaba sus sesenta años; era alto, seco, y tenía la piel de la cara y las manos agrietada por esas arrugas semejantes á las de la cascara de la nuez, surcos profundos que abren los trabajos y las penalidades del que cultiva la tierra.