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ijlüuilü Je casas LmiiiM t! muy distautes uuas de otras, y flanqueadas por heredades de labrantio. Un rincón de sosiego para los músculos y de paz para el alma. Mi carácter adusto y mi desconocimiento del idioma vascuence, me privaban de toda relación con la gente, aun con los duefios del caserío en que estuve de huésped. Sin embargo, no me aburría. A ciertas horas resucitan en mi memoria las personas que he querido, y el pensamiento ávido de consuelo se refugia y se explaya en lo pasado. Es como una seganda vida, una vida retrospectiva que no puedo renovar más que cuando estoy á solas y en el campo. Una tarde en que regresaba al caserío vencido de la fatiga, con mi cuaderno de apuntes debajo del brazo, me encontré en la carretera con un cura: el mismo que ves ahí. Me saludó en castellano, le devolví la cortesía, y cada cual prosiguió su camino. El, que iba leyendo su breviario, volvió la cabeza para mirarme desde lejos. Yo hice lo mismo, y los dos nos apresuramos á disimular, todo corridos, nuestra curiosidad. Al día siguiente se reprodujo la escena, y al cabo de una semana, el cura y yo charlábamos amistosamente á la sombra de los manzanos, que se extendían á una y otra margen del camino. Era un tipo vasco, de erguido corpachón y mirada infantil; un pobre hombre que no fué tentado de la vanidad humana más que una vez. A los dos meses largos de conocernos y de intimar, D. Prudencio, así se llamaba el cura, me invitó á comer en su casa. Chico, no recuerdo haber visto nunca tanta carne junta. El hombre, en su afán de agasajarme, hizo llenar la mesa de platos, y por delante de mis ojos desfilaron liebres, conejos, perdices, asado de vaca, de cordero, de cerdo en fin, la mar. La gente del Norte entiende la hospitalidad al modo patriarcal y colma al huésped hasta producir en él la mueca de la hartazón. Mientras comíamos noté en el buen padre de almas indicios de preocupación. Delicadamente hice por distraerle, aunque sin fruto. Por último concluyó expontaneándose, y como quien descubre un vicio ó confiesa una perversidad, me expresó su deseo: quería que lo retratara. Me eché á reir por lo imprevisto de aquella salida. Él, rojo de vergüenza, se deshacía en excusas, como si su pretensión me hubiera ofendido. Le prometí el retrato, y por el momento no se habló más de la cosa. Al día siguiente, muy de mañana, se plantó en el caserío en que yo vivía. ¿Qaó género de urgencias supones tú que le empujaba? Pues el tratar del precio. Con frase cohibida y muchos circunloquios, vino á decirme que sus ahorros del curato no llegaban á sesenta duros, cantidad que él estimaba exigua, pero que se comprometía á darme lo que yo quisiera en plazos que fijaríamos de antemano. Te aseguro que yo estaba conmovido de tan candorosa honradez. Salimos juntos de paseo, y en el camino le anunció mi propósito de regalarle el cuadro. Eehusó el hombre mi oferta de manera tan obstinada, que no tuve más remedio que ceder. Entramos en su casa, me hizo esperar un rato, y á poco volvió con el dinero, ahorros que iba acumulando para repartirlos entre los pobres á fin de año. Quieras quis no, me echó los billetes en el bolsillo, y como si buscase un medio decoroso de compensar el precio total del cuadro, que él tasaba ya en muchos miles de pesetas, me regaló sus mejores libros, los libros preferidos y amados que le acompafiaban en su vida de solitario. Quería desprenderse de todo para cedérmelo, y hasta se empefió en regalarme su escopeta de caza, presente que, como comprenderás, me apresuré á rehusar. La caza era su única diversión. -Bien, ¿y qíié? -le interrumpí sin velar mi impaciencia. ¿Hiciste el retrato? -Ya lo ves. Aún está sin concluir. ¿Y cómo lo tienes aquí en tu poder? -iasistí con extrafieza. -Me lo traje con su autorización para acabarlo. ¡El pobre D. Prudencio! ¡Hasta se compró una sotana nueva por aquellos días para salir bienl ¿Y cuándo se lo mandas? ¿Cuándo? -iaterrogó apenado Méndez Vidueño. ¿Para qué, si el pobre se ha muerto? Dos meses después de regresar yo á Madrid, sucumbió él de un ataque apoplético. No tuvo tiempo de ver colmada su única vanidad. DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA MASUBL BUENO