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í, í- C ir v i -Zü ft l VJLKIÜJLID intor Bléndez Vidueño, uno de esos artis í no se arriesgan nunca á inmolar sus nzas de gloria, me hablaba hace pocos i sus cuadros en planta. En sus palabras sas y pintorescas advertí la doble palpi T del afán de notoriedad y de la sed pecu -B! El dinero y el nombre le seducían por Igual, hostigando de continuo su vehemente ansia de vivir y triunfar. Méndez Vidueño es un meridional que no podría renegar, aunque quisiera, de su remota progenie árabe. Moreno, anguloso, de ágil y penetrante mirada que se desmaya á ratos como si la fatigase el recuerdo visual del infinito, Méndez Vidueño hace pensar en esos seres que se extenúan soñando perezosamente á la puerta de su tienda. Es un imaginativo que ve el color. Bu sus cuadros las figuras carnales no son nada. El escenario es todo. Cuando traza el paisaje, cuando fija en la tela la fiesta multicolora de los cielos y de las flores, se admira la exuberancia de su paleta. Que no se le pida complicaciones intelectuales, símbolos, ni se le exija que copie escenas de la vida ciudadana, del ir y venir callejero en que se agita la multitud. En sus retmas no entra eso, y si entra no cuaja en recuerdo. Ve solamente el color, el color con todos sus múltiples matices. Hablábamos confidencialmente en su estudio, una amplísima sata en un quinto piso, con puertas de escape á una terraza, desde la cual se domina la calle. Un sol de Junio, victorioso y centelleante, se quebraba sobre el bruñido de las armas que pendían de las paredes, iluminando de pasada los lienzos en preparación. -Yo creo que pierdes el tiempo y que despilfarras tu talento haciendo retratos, -me permití decirle con la franqueza que me consentía nuestra amistad Él, sin disimular la humillación tácita que yo le imponía regateando la extensión de sus facultades, repUcó: -Sin embargo, el retrato se paga bien y es género que un buen dibujante llega á ejecutar sin dificultad. -Se me figura que estás en un error y que un perfecto dibujante puede no llegar á ser más que un mediano retratista. Hay en todo rostro una particularidad física que es su característica, algo que le singulariza aislándole, y que pocos pintores consiguen ver. El dibujo, por importante que parezca, es cosa secundaria. Con este motivo nos enredamos en una charla sobre la técnica de la pintura, que en ocasiones parecía disputa por el diapasón de las voces y la viveza de los gestos. Era una elocuente y rotunda exposición de opiniones privadas en la cual ninguno de los dos aspirábamos á convencernos mutuamente. Abiertas las válvulas del ingenio, cada cual traía á la liza sus puntos de vista, sus apreciaciones y sus paradojas, más con la mira de sobreponerse al contrincante, que de reducirle por la razón. Y las frases, cortas, incisivas, con su poquitín de agresividad, resonaban como disparos en el ámbito de la sala. La entrada del criado en el estudio facilitó una tregua á nuestra polémica. Mal contento por no haber hallado oportunidad de gastar todos mis ahorros de elocuencia, busqué con la mirada un retrato entre los lienzos prendidos délos caballetes. Aspiraba á que el pretexto de la disputa me procurase la frase final, lamas ruda, la definitiva. rr. j o j- ¿Quién es ese cura que has empezado á retratar? -interrogué con sorna á Vidueño. -bu rostro es de una placidez casi insolente. Se ve que ese hombre no ha sufrido las torturas de la duda, ni se ha sublevado contra las lacerías de la realidad. Es un contento, un satisfecho- -No le calumnies ni te burles- -replicó mi amigo con ceño de reconvención. -íío nos importa saber si ese hombre ha sufrido ó no. De lo que te respondo es de que era un alma buena, un alma de Dios, y de que no tuvo más que una vanidad y se le frustró. Guardé silencio, esperando aquella dramática revelación. Méndez Vidueño encendió un cigarro, anduvo algunos pasos, v deteniéndose enfrente del retrato prosiguió: -Hace dos años me marché á una aldea vasca por divertir melancolías, cuyo origen no ignoras. Era un pue-