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n a del s la visita á la basílica de Santa Cecilia martirio. Bajo de las excursiones romanas más inte el altar mayor, la resantes para el viajero. Una reali casta e s t a t u a y a c e n t e dad doininadora surge del cal muestra en su púdica actitud, darítr. n ó sala de baño con llena de simbolismo, el cuadro de seivada cuidadosamente, los últimos instantes de la mártir. I a V en que las manchas gracia, delicadeza y sugestiva fuerza de la de las losas de admirable imagen, obra de un escultor de veininarmol recuer- ticuatro años que la soñó antes de modelarla, candan la san- X san impresión profunda. Su recuerdo se destaca entre gi l e n t a X los infinitos del viaje italiano. Ni en San Pedro, ni en San e s c e- Esteban, ni en las mismas Catacumbas, h e sentido el aura cristiana de los primeros siglos como en la basílica de Santa Cecilia. y Sirve esta mártir para demostrar cómo el cristianismo, al insinuarse en ¿5: j Si Eoma por medio de la acción apostólica, no penetró solamente en las- -y- S clases inferiores, esclavos, libertos y plebe, sino que desde luego echó raíces en las más altas esferas sociales, en los clarísimos del orgulloso patriciado. I a ¡rns Cecilia, los Mételos, fueron de los primeros cristianizantes; Santa Cecilia g mo en la cuna la fe de Cristo, y en sus tiempos, postreros de la dinastía de los Antoninos, eran ya numerosos los cristianos qne ejercían magistraturas y cargos en el nnperio y mandos en el ejército, como los oficiales de la célebre legión Fulminante. Ninguna taniilia que en lo ilustre venciese á la de los Cecilios Mételos podría abrazar el ...nuevo cu to Rd i heíoica, unida indisolublemente á lo más glorioso de los anales del pueblo latino, dio a Uuin i tiihunos, cónsules, censores, caudillos triunfantes, sojuzgadores de naciones 5 belicosas. U. i Mételo venció á los cartagineses, y en su triunfo figuraron ciento veinte elefan, tes; cruzando entre llamas salvó el Paladio, y abrasados sus ojos, mereció el inusitado privilegio de ir en carro á la curia. Otros sometieron á Macedonia, á las Baleares, y, á posar de Yiriato, á Cel tiberia. Un Cecilio Metelio surgió, defendiendo la libertad, contra Catilina. Kn la rama menor de la familia- -rama de la cual Santa Cecilia procede- -encontramos al vencedor de Dalmacia y al gran I iimídico, que redujo á Vngurta. Recuerdos de la estirpe de los Cecilios son imborrables en las crónicas de Kspafia. Medellín se llama así por los Mételos, y Cáceres fué Castra Gmcilvi. Hay que notar en la gens Cecilia, al lado de las virtudes patricias y militares, una pureza de costumbres, un ideal, una especie de procristi mismo que la distingue y preserva de la corrapción. Como censores, su integridad es eatoniana. El hijo del Numliico fué apodado Fio á causa de su celo en rehabilitar la memoria paterna, y por eso las monedas de los Cecilios suelen llevar la imagen de Eneas salvando á su padre Anquises. La matrona romana en quien se personificaba el amor conyugal, la esposa de Tarquino el viejo, la Cayn, abogada del hogar, una Cecilia fué. De los Nii. ntdicos y Píos nació Santa Cecilia, hacia los primeros años del reinado de Marco Aurelio. En tal época gozaba la Iglesia de una semi- libertad; las persecuciones no descargaban con la f aria satánica del período neroniano; ya no eran arrojados cristianos á los leones, aunque solía el populacho reclamar á gritos este juego atroz; se evitaba molestar por sus creencias á las personas de alto copete, á las grandes k señoras; mas no obstante, haVjía rachas de violencia, y Marco Aurelio, el intelectual propenso á desdeñar y zaherir las que llamaba supersticiones hebreas, no se mostró tan tolerante y justo como debía espe í rarse de un filósofo coronado, que tampoco creía en el paganismo. Naturalmente, la persecución recaía en los que se signiñcaban por su celo y hábitos propagandig tas. De éstos era Cecilia, vehemente y apasionada en la fe. De corta estatura, de esbelto talle, ó, v exquisita en su atavío y refinada en el vestir- -fué una de las primeras damas romanas S v j. que siguieron la costosa moda- asiática establecida por la elegante emperatriz Eaus z N tina, de llevar túnicas enteramente bordadas de oro, -la linajuda descendiente de los Mételos se mostraba, como diríamos hoy, incansable agi 2? 55. tadora. Su alta posición la ayudaba; sus riquezas se inver Í: tían en limosnas á los cristianos pobres, en E;