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ísi? (Graeias á Dios que entro tantos sufrimientos y tantas tristezas ha tenido la madre España unas cuantas horas de satisíaoción y de alegría! las que han permanecido á su lado sus hijas, las ¡lepúblicits ¡sudamericana, á quienes no había vislo desde que se emanciparon para no ¡erle gravosas, pues cslá ya demostrado hasta la saciedad que todas las colonia fueron gravosas á la Vieja Hesperia, como lo son los hijos á los padres cuando no tienen recursos para mantenerlos ni para facilitarles los medios de educación y de progreso. Madre amantísima. violas marchar angustiada, y se le anegaron los ojos de lágritnas é invadieron su cerebro negras ideas de desesperación y de muerte; pero una vez pasado el amargo trance, ya más en calma el corazón y más despejada la cabeza, sintió allá en lo íntimo de su conciencia un vago consuelo, algo así como el incierto resplandor del sol á través do las tormentosas nubes, y se alegró, sí, se alegró por ellas, porque comprendió que á su lado sólo las esperaban la miseria y el infortunio; y tendiéndola triste mirada hacia el horizonte por donde acababan de desaparecer, y clavándola después en el cielo con esa fe vivísima que sólo sienten las madres en tan acerbos instantes, exclamó: ¡Dios os proleja! Y Dios se lo ha concedí lo, en gracia sin duda á su abne gacíón y á su heroísmo; todas han vuelto hermosísimas, llenas de salud y de noble orgullo, lo cual demuestra la honestidad y la laboriosidad de la vida que han hecho desde que so marcharon. No han olvidado la lengua que ella les ensoñó á balbucir, no han perdido la fe religiosa quo ella imprimió en sus tiernos corazones; y al volver al solar, cada rincón ha despertado en ellas un recuerdo de su niñez, y hasta en el viejo manto de púrpura ajado por el tiempo y desteñido por las lágrimas do dolor, que corroen cuanto tocan, han reconocído aquella augusta veste con que la madre Espaila se prosentaba al mundo, teniendo por corona el sol, que jamás se quitaba do sus dominios. Hasta el viejo león castellano lanzó al verlas dulces rugidos y meneó la escuálida cola en señal do júbilo y sacudió la apolillada melena. Describir la primera entrevista, ó sea la sesión inaugural del Congreso Hispano- Amerieano y las sesiones ó veladas subsiguientes, no es tarca fácil para un cronista que dispene do poco tiempo y do menos espacio, ni á que describir: las, si todos los lectores han de figurárselas con sólo forjarse on la imaginación las escenas de familiaque pueden desarrollarse entro una madre y sus hijas después de tantos años do ausencia. Todo ha sido en ollas cordialidad, júbilo, entusiasmo, recuerdos amorosos del pasado, relati S minuciosos dol prO; senté, proyectos sublimes para el porvenir. Faltó poco para quo cada una dé aquellas distinguidas representaciones de sabios y patriotas, encarnando mágicamente en una figura sim! ó! ica de s is resjiectivos listados, imason de la juventud, de la virginidad y de la heri ¡iús; ra. se abalanzase al cuello de la madre España, y comiéndosela á besos se entregasen á los íntimos deliquios del amor filial, el más grande de todos los amores. -Toma, mamá, toma este loro para que te distraigas, -diría. Guatemala. -No, hija mía, no- -contestaría Esp. aña, -quo bastantes loros tengo yo entre mis administradores, los cuales por hablar y hablar sin tino ni discurso han dejado perder mi Hacienda, mientras otros á la chita callando so laUcvabaír La simpática Argentina, con su voz que justifica su nombre, la preguntaría curiosa; -Di, inamaita, ¿recibiste aquel barco que te envié para que te pasearas por los mares cual corresponde á tu alcurnia? -Sí, vidíta, lo recibí y me vino muy bien, porque según me dijeron mis administradores, andábamos por aquellos días á la cuarta pregunta. y Méjico y Kuenos Aires y todas lo harían semejante pregunta respecto al dinero do las suscripciones patrióticas que todas ellas iniciaron, y España tendría que contestarlas, dando fin á la conversación por propio respeto; -Sí, nenas, sí; muchas gracias, muchas gracias; creo que me lo tienen guardado mis administradores, porque materialmente ahora no sabemos en qué invertirlo- -Cómprate otro manto, mamá, -diría alguna. ¿Para qué, hija, para qué, si ya no he de salir de casa... De nuevo se han marchado; poro esta- vez su marcha no ha sido tan amarga; la madre España no las ha despedido con llanto de dolor en los ojos, sino con lágrimas de alegría, y al transponer el horizonte no ha clavado la mirada en el cielo pidiendo que las proteja, sino que tremolando el viejo pendón de la easa, ha exclamado mientras ellas la saludaban cariñosas; -Adiós, hijas mías; seguid siendo felices, y proteged á vuestra madre. Inútil es decir que esta inolvidable visita ha contrariado, aunque no lo parezca, á los administradores y servidumbre do la easa solariega, como molesta á los criados antiguos del hogar paterno la ingerencia de los hijos que se emanciparon, porque temen su inspección y que se enteren do todos sus mangoneos é infidelidades. Una cosa parecida ha ocurrido con España. Han estado esperando sus a dministradoros á que las hijas se vayan para abrir las Cortes, donde saldrán á relucir una infinidad de poquoñeces y errores por ellos cometidos, tan graves y tan punibles, quo es muy posible que de haberlas conocido á fondo las viajeras hubiesen ocasionado un consejo de familia. Ahí está el portero mayor D. Raimundo, que ha salido hasta la escalera á hacerlas el postrer saludo con el plumero en la mano, para que se lleven una buena impresión dol celo de la servidumbre solariega, y quo on cuanto se meta en casa va á romper la campanilla de tocar á comer en la cabeza de alguno de sus compañeros. EL SASTRE DEL CAMPILLO