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dados por el miedo y en las pálidas y flacas carnes estremecida la sensación del dolor, apuraba, sin concienoía aún de la vida, la terrible culpa de haber nacido. Su padre, dedicado la mayor parte del afio en lo escabroso de los montes á las labores del carbonero ignoraba seguramente tales martirios, y aun cuando de ellos se hubiera dado cuenta, i quién sabe si el pobre Agustín hubiese conseguido grandes ventajas! En esto llegó la Cuaresma, y Mari- Andrea, fingiendo una piedad que no había templado sus entrañas, acudía solícita á la Iglesia, donde oyó referir por boca del cura la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo las torturas inferidas al Jasto, las palabras que pronunció en la Ornz, todos sus grandes martirios y hostigada por su crueldad, murmuró cierta tarde regresando del templo: ¡Si yo me atreviera! i Esto diio v le supo á sangre la boca. jv j. ic Entró en su casa, vio á Agustín tembloroso, y volvió á repetir: ¡Si yo me atreviera! Las palabras del cura le sonaban en los oídos: Desgarrados los brazos por la crucifixión sufriendo tormentos horrorosos qTengo sed! dijo, y le dieron por mota á beber hiél y vinagre Miró á Agustín: el niño se estremeció; la noche transcurrió en calma. Al siguiente día encontró MariAndrea en el zaguán dos maderos como puestos en cruz. No había más que clavarlos. Se decidió, y oyóse el golpe del martillo; la cruz quedó terminada. Arrastróla penosamente á la cocina, hizo un hoyo bastante pro tundo en el suelo. Hincó la cruz allí El niño, contemplándola, empezó á exclamar: tAyl lay! iavl Y el terror le apretaba las lágrimas en los ojos. i J J i j y De pronto cayó una mano, una garra sobre él, y le despojó de sus vestidos. Después sintió el in feliz que un aliento de horno le abrasaba el rostro y que dos manos le alzaban del suelo. Sus descalzos pieceeillos se apoyaron sobre una tabla, le abrieron los brazos, sintió en las muñecas la opresión de unas cuerdas ila infame mujer tuvo miedo á la sangre! y todo quedó hecho: el niño crucificado, y la hiena que se apartaba de él diciendo: lo mismo que el Otro! El Otro era también un inocente: Nuestro Señor Jesucristo. Sentóse Mari- Andrea cerca de la lumbre, y contempló á su víctima. Las llamas del hogar alzaban de vez en cuando sus resplandores para acariciar con ellos, compadecidas, el cuerpo de aquel niño crucificado y entonces la madrastra le veía surgir de la sombra, blanco como el marfil y desnudo y doliente como la inocencia Así pasó una hora. Después el niño se estremeció, y con voz débil, muy débil, lamentóse: iTengo sedl r t r ííií j- J TM P -Incorporóse la infame mujer, exclamando: lOomo el Utr 9l Medió de agua una escudilla, revolvió con mano febril la alacena buscando vinagre, lo vertió en el K A? i ft TM TM TM P o ecer á los sedientos labios de Agustín la ingrata Deoida. Alzó el brazo, y alzó al par la mirada rencorosa hacia el crucificado, y la escudilla cayó al suelo y un grito de terror se escapó de su garganta. J J. En la cruz no estaba el niño, en Ja cruz estaba el Otro. ¡El Otro, que la miraba con tanta y tan honda piedad, que se le metía en las crueles entrañas! Huyó la infame mujer gritando: ijConfesión! ¡confesión! Y cuando sabedores del milagro acudieron el cura y los vecinos de Aizmendi, hallaron en la cruz fabricada por la madrastra la imagen d l Cristo llamado noy JNuestro benor de la Santa Inocencia, y próximo á la lumbre, al inocente Agustín, plácidamente dormido iha sus muñecas se apreciaban aún las señales amoratadas de las cuerdas. El Dios de los débiles el Dios de los huérfanos, el Dios de los niños, le había reemplazado en la Cruz, desde la cual pidió un día á su Padre por todas las víctimas y por todos los verdugos. Y esta es la historia de la bendita y milagrosa imagen de JNuestro Señor de la Santa Inocencia, que sana á los pequeñuelos. T. n T n r TíOrcrí w hüL.