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DE LA SANTA INOCENCIA hn una de las más abruptas estribaciones de loa Pirineos, cerca de la raya divisoria de Navarra y Francia, y perteneciendo á aquel antiguo reino, kállaee Aizmendi, pueblo de escaso vecindario y humilde caserío, cuyo nombre apenas si lo recuerda la Geografía, ni salva en labios de hombres las montañas que á los hogares del pueblecillo cercan. Habitación de carboneros, refugio de pastores, parece que sus casas, como los habitantes, todo lo fían y lo esperan de las colinas próximas; é igual que carboneros que suben hacha en mano á derribar árboles añosos, ó como pastores que conducen á las altas mesetas sus ganados, las humildes casas de Aizmendi, huyendo del vallecillo donde podrían asentar f- 4. con holgura sus cimientos, trepan denodadamente por la montaña, pareciendo que á cada- una de ellas le acometió el cansancio de la ascensión donde la alzó el capricho de sus pri meros moradores. Y como va el pastor tras su rebaño, la vetusta fábrica de la iglesia semeja seguir al disperso caserío, contemplándolo cuidadosa por las órbitas de su torre, á cuyos anchos huecos se asoman las campanas que sobre aquel pueblo de carboneros y pastores cantan todos los días las alabanzas y pregonan los milagros del Dios de los niños, de Nuestro Señor de la Santa Inocencia. La capilla de la iglesia donde se venera la milagrosa imagen de ese Santo Cristo, es humildísima y obscura; á ella acuden solícitas y esperanzadas las madres que ven á sus pequefiuelos atormentados por enfermedad rebelde; y es fama que ofreciéndolos entre sus brazos á la imagen milagrosa, los infelices niños recobran pronto la salud y las madres la alegría; nadie duda por aquellos valles y montañas de que esto sea cierto, y ninguno de los lectores ha de dudarlo tampoco cuando les refiera, aunque torpemente, la aparición ó hallazgo de tan santa y milagrosa imagen, que fué como sigue: Vivía á principios de este siglo en Aizmendi un carbonero llamado Juan Martín, que, viudo y con un hijo de tres años, casóse en segundas nupcias, logrando en matrimonio, á pesar de esas circunstancias, la moza de más fresca y sana hermosura que había en todo el pueblo. Reunía, con efecto, Mari- Andrea la más perfecta arquitectura de mujer que puede imaginarse: alta, esbelta, proporcionada de miembros, sano color, agradables facciones. Si la hermosura del alma corriese parejas con la hermosura del cuerpo, bien puede asegurarse que el rudo carbonero habla logrado en su segundo matri monio robar á la vida, puesto que tantas perfecciones rara vez proporciona éstas juntas. Durante el primer año de matrimonio tuvo Mari- Andrea para su hijastro el niño Agustín, si no solicitudes maternales, condescendencias de mujer que confía colmar sus cariños con hijos propios y en esta seguridad mira sin pena los ajenos; mas así como fué pasado el primer año sin que las esperanzas de Mari- Andrea se lograsen, comenzó á mostrar ésta por su entenado, el hijo de la muerta, desvíos y repugnancias que alboreaban en odios. Dos, tres, cuatro años corrieron sin que aquella mujer, á quien la Naturaleza parecía haber modelado para madre, fuese agraciada por Dios con tan hermoso empleo, y el cuerpo de Mari- Andrea empezó á deformarse, perdiendo la majestuosa amplitud de las líneas, el rostro el color, el alma la sanidad. Toda aquella hermosa arquitectura, tranquila y serena como de templo griego, cayó deshecha en ruinas, y las malas pasiones, los celos, los odios, la crueldad anidaron en ella. El infeliz Agustín, el tierno niño, fué víctima inocente de aquellas ansias maternales que se trocaban en hieles y rencores, y no hubo martirio que su débil cuerpecillo no sufriese, ni causas para llorar que sus ojos ignoraran. Temeroso, aobrecogido, exánime, espiaba los movimientos de su madrastra, temblando siempre y siempre cierto de su desdicha; el hambre le acosaba, los brutales golpes le perseguían, y el infeliz, con los ojos agran