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BJL ÍNTICOS o es la amistad precisamente el sentimiento que impera en el corazón femenino. Unas veces porque se extralimita y llega al amor, otras porque cae en la indiferencia, ese dulce y tranquilo afecto arraiga pocas veces en el corazón de las jóvenes; una mujer necesita, para comprender 7 sentir la amistad, que su partida de bautismo tenga ya algunas arrugas, aunque la piel de su rostro se conserve tan tersa como puede soñarla un profesor de masage. fues á pesar de esto, todas las mujeres tienen) jn amigs, ó mejor dicho, dos; un amigo para la soledad misteriosa del gabinete de toilette, amigo que se llama el espejo, y otro amigo para los triunfos y los esplendores públicos del paseo, el teatro y el salón: este otro amigo se llama el abanico. El espejo lo inventó Eva mirándose en un charco del Paraíso; el abanico nació en China, según todos los ABANICO DE LA GASA DUVELLKROY, P I N T A D O P O R MR. MAURICK L E L O I R Y P R E M I A D O CON MEDALLA DE ORO KN LA EXPOSICIÓN DE P A R Í S eruditos, y su inventora fué indudablemente alguna ascendiente coronada de la famosa emperatriz viuda, que en la actualidad suelta tantos y tan graciosos abanicazos á las grandes potencias europeas. Por algo tiene la diplomacia china fama de habilidosa; un abanico en manos de mujeres el más enrevesado protocolo que han podido sofiar las cancillerías orientales y occidentales. Algunos dicen con notorio error que el abanico sirve para dar aire; todas las mujeres se sonríen al oirlo. El abanico les sirve á ellas para todo menos para eso; no lo emplean con tal fin sino cuando quieren dar aire á algún pretendiente impoitnno. Y ya que dijimos, no sin cierto fruncimiento de cejas de las lectoras, que el corazón femenino no siente la amistad, digamos en su desquite que la que le une al espejo y al abanico es más sólida que la famosísima de Pllades y Orestes. Por grandes que sean las contrariedades que sufran en su vida, por mucho que les hoatiguen las penas ó les agobien las desventuras; ya pasen de la opulencia á miserable estado, ya ee alcen de la pobreza á una fortuna espléndida; sea, en fin, cual fuere su situación, desahogada ó precaria, en el palacio ó en la bohardilla, las mujeres conservan siempre el culto cariñosísimo de sus dos amigos, y desde la infancia hasta la ancianidad, suponiendo que la ancianidad femenina exista, no les abandonan ni les olvidan un momento. Las mujeres se miran al espejo hasta cuando no lo tienen delante, y el abanico, artículo al parecer de verano, no lo sueltan jamás en invierno. No lo llevan á lá calle y al paseo, es verdad; pero lo lucen en teatros y reuniones; donde hay un pretexto para quejarse hipócritamente del calor, allí está su confidente, encubridor y amigo. El arte modernista se ha apoderado también del abanico, y en el precioso modelo que acompaña á estas lííiéas pueden admirar las lectoras él abanico que triunfará en los teatros y bailes de este invierno. Su original forma y su artístico país le han valido medalla de oro en el gran Certamen parisiense. Saludemos en él, con el mayor respeto, al afortunado poseedor de todos los secretos femeninos en el último invierno del siglo xix y en el primero del siglo xx.