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CON, DE, EN. POR SIN, SOBRE LOS CARLISTAS La verdad es que el alzamiento carlista lia cansado sorpresa general, porque, menos en él. los españoles creíamos en todos los alzamientos posibles, h a s t a en el de la suspensión de las garantías constitucionales, á las cuales les ocurre lo que á los malos estudiantes: que no pueden pasar un año sin que te. s dejen, síL- yien- sas, y hay años que las suspenden en Knero, en Junio y en Septiembi c; asi es que no a d e l a n t a n nada. Por eso. al aparecer ia riniera partida hicimos infinidad de suposiciones antes de d a r n o s á partido (á parlido carlista) y mucho m á s cuando su itiios ue comenzaban sus fechorías por asaltar un cuartel de la (iuardia civil, cosa que en su vida han hecho los facciosos, hasta el punto de que ya decía Larra de ellos que htUCííi coino la se i- ¿uca al echarles mano. Si hubiesen empezado por el asalto de u n tren correo, no cabía duda: pero se conoce que esta voz se h a n dicho los facciosos: f; A qué v a m o s á detener la correspondencia pública, si no hemos de encontrar en ella ningún pliego con valores ni certificado con ijw t i. VÁ Gobierno fué el primero que se trafió la partida, y eso que era de l adalona; pero no se atrevió á haeer lo mismo con las otras, porque era tener m u c h a s tragaderas. Entonces comenzaron las exageraciones y el ver carlistas lutsta en la sopa, con lo cual les hacíamos inconscientemente el caldo gordo. Xo faltaban, sin embargo, altruistas que, á pesar del carácter del alzamienlo, se aferraban m á s en creer ue todo procedía de la Bolsa. -Desengáñense ustedes- -decían -ese movimiento no tiene m á s fin que hacer que baje el papel español. Más todavía? -les objetabari. -T si no- -proseguían, ¿por qué se h a n levantado á fin de mes? -Tienen ustedes razón- -contestaban los incrédulos; -debían de habeise quedado en c a m a h a s t a el mes próximo. Y así. unos pesimistas y otros optimistas, la inesperada insurrección ha pasado á ser. como es n a t u r a l el tema conslante de todas las conversaciones en el seno del hogar, en la oficina, en los casinos, en los cafés, en los teatros, y aun en los cuartos de las actrices, donde la política no priva, h a s t a el extremo de que u n a tiple muv conocida, obsesionada por la conversación de sus a. s uo ¿í, creyó, al traerla u n sombrero de la tienda, que venia dentro de la caja un carlista. ho que venía era la cuenta, que p a r a el caso es lo mismo, pues u n a y otro vienen por lo que queda. Aparte los detalles dramáticos de esta lam e n t a b l e intentona, cnlre los cuales figura á la cabeza la i n m e n s a desdicha que p a r a el país significa y las fun e s t a s consecuencias q u e puedo acarrearnos, uo lia de, ado de haber detalles cómicos, que i n v o l u n t a r i a m e n t e distraen n u e s t r a preocupación y nuestro duelo. Todavía no se sabe, ni se sabrá n u n c a si las partidas que brotaron en las márgenes del Llobregat eran siete ó u n a subdividida en siete fragmentos, y con este motivo hay animadas discusiones. -Yo le digo á usted que es u n a sola partida. -Xo. señor; las partidas son siete. -Eso; el Fv. ero Juzíjo que se h a echado al campo. De este modo, nuestra desgracia nacional h a trascendido bien pronto á las clases m á s alejadas de la cosa pública; l a u t o que las criadas, que son p u r a m e n t e domésticas, ha- hlan do la asonada y dicen q ue va á venir D. Carlos con la m i s m a n a t u r a l i d a d quepodian decir que está al llegar el aguador. En un hotel próximo á mi casa tienen un porro do presa llamado Can- n. y al llevarle la pincha la comida esta m a ñ a n a iba diciendo en voz baja: Para chasco que Carca sea un carlista de veras. De menos nos hizo Dios Y es que la pobre chica había oído c a n t a r aquello do: Disfrazado de peri o de presa un carlista se vino á Maiirid. En los barrios bajos ya tienen con los sucesos aeluaies m a t e r i a l para u n a porción de frases de esas ue sólo se oyen de la plaza del Progreso p a r a allá, donde nii molesta la c a m p a n a de los tranvías, ni siquiera la campanilla del carro de la b a s u r a -Oye, ¿sabes quién ha desaparecido? el Chupalaores. -Se halorá m a r c h a d o con los carlistas, porque él saludaba á Mella. -El caso es que t a m b i é n h a desaparecido su p a r i e n t a -Esa, por llevarle la contraria, do fijo que se h a ido á buscar algún civil. Ayer, cuando se disponían á comer los jornaleros del asfaltado de la P u e r t a del Sol, pasé entre ellos y oí que uno le decía á su consorte: -Chica, abre l a cesta con cuidado, no vayan á estar dentro los carlistas. ¿Comiéndose el cocido? -Cá. mujer; municionándose. ¿Ko ves que siempre traes los garbanzos como balas? Lo que m á s ha llamado la atención popular son las detenciones y los registros. La del c u r a do San Lorenzo le vino do perillas al Caintiriiploi a, que ya se h a b í a decidido á celebrar su unión con la Co -renallex. ¿Cuándo v a m o s á arreglar eso, Cantim? -Imposible, querida Corre: se h a n llevado preso al cura. -Lo mismo m e dijistes el mes pasao. -iQuiá! el mes pasao á quien le llevaron preso fué á mí. En fin, que aquí ya no se habla m á s que de los carlistas, y que h a s t a en los actos m á s íntimos de la vida teme uno encontrarse con ellos. E L SASTRE DEL CAMPILLO D l l i L J O S D E CTl- LA