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a új x m P: Pero una noche el estudiante no pareció por el café, ni tampoco al día siguiente, ni al otro, ni durante siete días consecutivos. Eran los primeros días de Mayo, y el encanto de las noches, ya templadas, echaha á la oalle á casi todos los parroquianos. En realidad, la señorita Olimpia se apenó; mas su duelo no tuvo nada de amargo. Algún incidente, feliz ain duda, debió sobrevenir en el destino del joven. Ella pensó en exámenes lucidos, en un puesto ganado que le libertaba de la labor suplementaria de las traducciones chafarrinadas en el café. Mucho lamentó, en verdad, el no verle allí, dominado por las miradas de su desconocida amiga. Pero ¿qué remedio? Así es la vida. El domingo siguiente, hacia las diez de la noche, un chaparrón primaveral hizo afluir al café á los viajeros de un tren de los alrededores. La cajera estaba ocupadísima dando órdenes á los camareros, y sin cesar llamando con el timbre. Estaba algo cansada, y acababa de decir: Hipólito, dos refrescos de menta Ved lo que piden en el Y J, cuando el estudiante apareció de pronto. Aun cuando no estuviese mejor ataviado que antes, la pareció más guapo y como engalanado por la juventud. Y la señorita Olimpia sintió latir muy fuerte su corazón, porque el mozo ya no llevaba al brazo libros ni cuadernos, sino una muchacha tan joven y tan fresca como el ramillete de lilas que ostentaba trianfalmente: era muy sonrosada, y tenía ojos verdes y labios recios; las maneras le parecieron á Olimpia un tanto desenvueltas; vestía un traje claro con redondeles rojos y un sombrero de paja adornado con amapolas. Sentóse la pareja lejos del mostrador, apuró dos vasos de cerveza en el ángulo de una mesa; el enamorado junto á la enamorada murmuraba muy bajito palabras que la hacían sonreír; y cuando amainó la lluvia se levantaron y se fueron, llevando con ellos algo vivo y ligero que revelaba la alegría de sus corazones. Sólo entonces comprendió la pobre cajera, á quien el joven ni siquiera habla mirado, que le había querido con toda el alma. Dilatóse su garganta, exhaló un suspiro muy hondo, un suspiro de mujer gruesa, y se convenció de que su novela, su raquítica y discreta novela, había acabado para siempre, y que ya no podía aguardar otra. Medio estúpida y como aturdida contemplaba cómo en la calle caían las anchas gotas presagiadoras del fin del chubasco, sin reparar en que lágrimas tan gruesas como las gotas caían pesadamente de sus ojos. Ha pasado el tiempo. La señorita Olimpia reina todavía en el mostrador del café, pero el cansancio de su vida es al presente doloroso, y su corazón se oprime cuando mira la mesa de mármol donde antaño trabajaba el estudiante pálido de azules ojos. Pero el dolor no la adelgaza, cada vez esta más imponente; y cuando algún parroquiano antiguo habla del parecido con María Antonieta de la que antes fué hermosa, los clientes nuevos se admiran. Uno de éstos, el encargado de la sección de guantes en un almacén de novedades del vecindario, se atrevió á decir una vez (la juventud ya no gasta respetos) que la cajera le recordaba más bien á Luis XVHI, al Luis X V n i de las monedas de cinco francos, y que sólo la faltaba, para que el parecido fuese completo, una peluca empolvada y las hombreras FRANCISCO O O P P É E DIBUJOS DB MÉNDEZ BRINOA