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su traje no fuera muy flamante; llevaba una cartera bajo el brazo, gabán de entretiempo en pleno invierno, y un sombrero gris flexible descolorido por el sol de algunos estíos, que levantaba con ademán lleno de gentileza cuando pasaba junto al mostrador. Sentábase en el rincón más sosegado, pedia café y recado de escribir; abría su cartera, sacaba de ella libros y papeles, y leyendo, y escribiendo, consultando un Diccionario, absorto en su trabajo y sin levantar apenas la cabeza, permanecía allí hasta ja media noche. No hay que decir que la economía llevaba al café á aquel trabajador encarnizado. Permaneciendo en su casa, hubiera gastado en fuego y en luz más de los cincuenta céntimo que importaba su café con los cuatro perros chicos de propina con que generosamente obsequiaba al camarero. t Si todos los parroquianos fueran así murmutaba á los ocho días de verle el dueño, malhumorado, al oído de un jugador de dominó á quien acababa de recomendar una jugada sabia. Pero la hermosa cajera no compartía en modo alguno el descontento del amo, y á pesar de sus maneras reservadas, volvía á cada momento sus ojos, sus grandes y hermosos ojos de diosa Juno, hacia el nuevo parroquiano, y le miraba con expresión llena de solicitud. Supo por los camareros la vida de aquel joven discreto y sobrio, el cual era pobre y solo, y vivía en una casa cercana, allá en lo alto, en el primer piso bajando del cielo. Sabían que iba todos los días al JardÁm, Botánico para asistir á muy doctas cátedras, y que se preparaba para sufrir un examen muy diñcil. Pero la especialidad de los estudios á que se dedicaba siempre fué una incógnita para la señorita Olimpia. La cosa fluctuaba para ella entre los elefantes y las mariposas. LQ que más la enternecía, era la virtud del estudiante, que para ganarse el pan en espera del codiciado título dedicaba toda la noche á una tarea ingrata y mal pagada: á traducir del inglés á toda prisa. Y el corazón, el corazón honrado y bueno que latía en el opulento pecho de la cajera, concibió, sin darse cuenta de ello, una secreta ternura por el joven pálido de azulados ojos, que la saludaba con gentil cortesanía cuando junto al mostrador pasaba. Le admiró por su laboriosidad, y le compadeció por su vida pobre y solitaria; y durante las largas horas que permanecía en el café con las narices metidas en los libros, á la pobre muchacha se la hacía el tiempo menos largo, y sus inmóviles y materiales funciones menos monótonas. Era el que sentía un sentimiento algo confuso, pero dulcísimo, tras los edificios de terrones de azúcar y tras los carcax de cucharillas. La muchacha soñaba, pero sus sueños no tenían nada de apasionados ni de románticos. Sabía que todo la separaba de quien tan cerca estaba de ella. Levantarse de BU sillón, abandonar su elevado sitial, encaminarse hacia él y dirigirle la palabra, era cosa tan imposible á la señorita Olimpia, como á una emperatriz el bajar de su trono en un día de besamanos y hacer bruscamente ante toda la corte públicas declaraciones á un obscuro alabardero de su guardia. Además, la señorita Olimpia no era loca, ni tampoco tonta, sinomodestay muy juiciosa. Educada en los principios más sanos, libre y pura de ignorancia y rechazando el amor si no iba precedido de una vueltecita por la alcaldía y la parroquia, en modo alguno imaginaba que un estudiante joven, lleno de ciencia y de porvenir, se apasionara con rectas miras de una señorita de treinta y cinco años, invadida por la robustez, que no tenía más medios de subsistencia que un empleo subalterno y mercenario. Además, había debido de reparar, no sin alguna tristeza, que cuando el joven interrumpía un instante su trabajo la miraba con la misma indiferencia que á la mesa de billar, pongo por caso, ó que al paradorcito de pipas de los clientes más asiduos. Olimpia nada pedía, nada esperaba. Únicamente, cuando el muchacho estaba allí, sentía como una corriente de aire cálido en derredor de su pecho. Creía profesar maternal amor al estudioso joven, y le deseaba toda suerte de venturas y prosperidades. Eealizaiía su designio, serla catedrático; y le veía ya en el Museo de Historia Natural, ó en un anfiteatro, luciendo encarnada cinta de la Legión de Honor y la corbata blanca doctoral, explicando su curso y diciendo cosas admirables acerca de los rinocerontes ó de las jirafas. Esto duró todo el invierno, y con ello la señorita Olimpia fué dichosa.