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Í É 4 I 0. 3 tsfspf f 1 A Ajl- RA Se llamaba Olimpia, y hacía diez años que ejercía de cajera en el café de la Estación. Este nombre mitológico ee avenía bien con su belleza majestuosa. Su busto opulento, encerrado en su corpifio de raso negro, surgía triunfalmente por cima del roostrador entre las dos pirámides de cuadradillos de azúcar y los dos vasos de níquel erizados de cucharillas, que semejaban dos carcax llenos de flechas. A sus espaldas un espejo reflejaba las suyas, que eran anchas, su nuca blanca y su moflo de azabache y abundoso. Diablo! I Vaya una morena hermosa! -murmuraba el viajante apurando el último vaso de cerveza, cuando llamaban al tren, de media noche; y al recoger la vuelta del mozo, luego de haberse asegurado que no trataban de darle ninguna moneda falsa, lanzaba á la cajera una mirada incendiaria. La muchacha correspondía con una sonrisa plácida y profesional El viajante somnoliento, recostado en un ángulo del vagón, contemplaba en sueños á la robusta mocetona: veía sus ojos de diosa Juno y su fisonomía plácida. La hermosura de la señorita Olimpia no impresionaba sólo á los consumidores de paso; suscitaba también admiraciones más duraderas, no interrumpidas por la repentina llegada de los factores, vociferando en medio del café: ¡Señores viajeros del expreso, al trenl El establecimiento contaba con clientela fija. Cierto número de personas acomodadas de aquella barriada parisiense, se reunían allí para matar la noche, leer los periódicos y jugar á la malilla. Oasi todos eran gentes de paz: empleados, rentistas, comerciantes. A todos era familiar aquella voz de contralto con que la señorita Olimpia daba órdenes á los camareros: José, un vaso de cerveza al 1! ¡Hipólito, fuera llaman! Pero las miradas que aquellos señores dirigían á la morena hermosa, el homenaje que tributaban al sexo encantador, era respetuosísimo. Tres dueños habían hecho fortuna en el café de la Estación con el valioso concurso de la señorita Olimpia, á quien cupo el destino de Metternich, el cual fué ministro con tres emperadores; y los afortunados cafeteros, al hablar de Olimpia con sus parroquianos, siempre se expresaron de la manera más laudable: Es una joven honrada y una mujer dispuesta, en toda la extensión de la palabra. No es, pues, extraño que reinara rodeada de admiración y de respeto. En su persona había algo de reina y algo de ídolo. A las veces, algún parroquiano se acercaba al mostrador, apoyaba en él los brazos, y con el mayor comedimiento dirigía algunas palabras á la hermosa morena; pero por deferencia manteníase en el terreno de las generalidades. ¡Los días van alargando! ó bien ¡El aire es fresquillo! eran las frases que soltaban, á las cuales la señorita Olimpia contestaba de ordinario con algunas palabras igualmente indiferentes. Hay que hacer constar que la joven intimidaba á sus interlocutores con su belleza, inmóvil y majestuosa. Nunca ia víó nadie fuera de su sitial, y como la heroína del divertido cuento de Ohavette, habría podido tener ambas piernas de madera sin que nadie lo hubiera advertido. Era cosa convenida entre todos los jugadores de malilla del cafó, que la señorita Olimpia se parecía á María Antonieta, y que de la infortunada reina tenía la curva de la nariz, el labio inferior austríaco y los aristocráticos movimientos de su cabeza. Pero es menester consignar que esta opinión era ya antigua. ¿Qué edad tenía la cajera? Treinta y dos años. Pongamos treinta y cinco. Nada hace engordar tanto como la falta de ejercicio. Si forzosamente se hubiera querido dar con un parecido regio, mejor hubiera recordado á Luis XVI por la sobrebarba y el perfil borbónico. En cuanto á saber si la señorita Olimpia tenía ó no corazón, nadie había pensado en ello. Y, sin embargo, tenía uno bajo su corsé horriblemente ceñido; la pobre muchacha tenía uno muy sensible y muy tierno, que un día inesperado ¡tarde ya! comenzó á palpitar por vez primera. Quien ocasionaba estos latidos, sin sospecharlo ni siquiera remotamente, llegaba todas las noches á eso de las ocho al café de la Estación. Era un joven pálido de veintidós á veintitrés años, con decoro vestido, aunque