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UN TENORIO CASTIZO Aunque Dios no le había llamado á Sebastián Orthe por el camino del teatro, sino por el de instalador electricista, que era su oficio, prefería recitar un trozo de una comedia, ó toda la obra si se lo permitían, á coló car un timbre. En unión de algunos amigos había fundado una sociedad titulada Amigos de Loreto y Chicote, para celebrar una vez al mey, ó antes si esperaba peligro de muerte, en el Salón Zorrilla representaciones dramáticas. Su especialidad eia el Tenorio. Decía con tal fuego las famosas décimas del sofá, que en más de una ocasión las jóvenes aficionadas que hacían el papel de Dofia Inés necesitaban tomar antihistérica en los entreactos. Estos efecto? como es natural, despeitaban ciertos recelos: envidia artística entre los del cuadro dramático, que murmuraban cabe loa bastidores cada vez que Sebastián arrancaba un aplauso, gracias á su cufiado que se llevaba los chicos del taller, y si no aplaudían les rebajaba un día de jornal. Tenía tal pasión por el Tenorio, que más de una vez entró en una casa para colocar una bomba de diez bujías, diciendo: ¿La hostería del Laurel? ¡En día estáis caballero. Porque él miamo se preguntaba y se respondía inmediatamente. Cuando jugaba al mus con los compañeros, decía paseándoles la declamación por la cara: ¡No os podéis quejar de mí, vosotros á quien gané! El espejo de su casa lo tenía empañado del aliento dramático con que recitaba los principales fragmentos de la popular obra de Zorrilla, el cual, como decía Orche, si levantara la cabeza y le viese, haría constar en ti ejemplar que aquélla estaba escrita expresamente para Sebastián Oiche. Juzgúese, pues, en hombre de tales entusiasmos, cuál no sería su gozo al saber que tenia que representar el Tenorio á, beineficio de una familia desgraciada, que ya le había dado tres golpes teatrales á la desgracia, y un repique. Orche fué á buscar á lá dama de la sociedad, que vivía en Puerta Cerrada, pero la encontró con un cólico cerrado también, y tuvo que ofrecer la Dowct 2 wés á una planchadora que vivía cerca de su casa. El teatro estaba lleno; la familia del beneficio contiguió colocar todos los billetes á condición por, parte de los concurrentes de que serla la última desgracia, con palabra formal del padre, autor de la martingalita. La cosa empezó bien. Aplaudieron á Orche no sólo su cuñado, sino los espectadores de buena fe, y el Tenorio iba como una seda; pero después de las famosas décimas, donde tantas infelices habían sido sugestionadas por la dicción de Orche, se presentó el novio de la planchadora, que hacía la Dofia Inés sin permiso (Je su galán, aprovechando su ausencia, y allí fué Troya. Entró en la quinta de Don Juan por el propio balcón que da al Guadalquivir empujando áCiutti, y en menos que se persigna un cura loco acabó con el sofá, con la escena y casi con el Z f propio Orche. La juerga fué monumental, y no faltó quien llamara á escena al novio de la planchadora, y quien pidiera que saliese á escena la familia desgraciada. Desde entonces el bueno de Orche, cuando tiene que buscar una Doña Inés, lo primero que pregunta es si es planchadora, y si tía- U baja con ó sin permiso. L. GABALDÓX