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s produce. Apartando la vista de los detalles para fijarla en el coniunto, ha que convenir en que el aspecto del camposanto es imponente y causa profunda sensación. ívo contribuyen poco á este efecto los artísticos panteones que, como algunos de los que publicamos en esta página, pertenecientes á las familias de los Sres. Manso y Cabeza, Alvarez Oapra, Marqués de Múdela y García de Torres, son verdaderos monumentos, cuya severidad predispone el ánimo á la tristeza tanto como el contemplar á las gentes que se dirigen al cementerio con ramos y coronas. Y cuando se entra en la santa casa, la primera flor sobre una tumba hace asomar la primera lágrima á los ojos. El sentimiento tiene la virtud de contagiarse; y ante las luces y las flores que lo inspiran, ante los rostros atribulados que lo muestran, se experimenta la invasión en el propio espíritu. No es fácil recordar que el verdadero dolor busca la soledad, que las penas que abruman no quieren testigos, que el llanto sincero es el que se vierte á escondidas, cuando nadie lo ve ni lo sospecha. No se da uno cuenta en aquel instante de que el sentimiento que busca exhibición ostentosa, que aguarda para manifestarse un determinado momento, tiene más de vanidad desconsoladora que de dolor verdadero. Emociona, subyuga el espectáculo, como emociona y subyuga y hace asomar lágrimas á los ojos una escena trágica teatral, no obstante saber uno que es ficción; porque impresiona, porque habla directamente al sentimiento sin dejar tregua á las meditaciones que cambian en risa el llanto y en desdén la emoción profunda. PANTEÓN DE LOS S R E S MANSO Y CABEZA PANTEÓN DE L F A M I L I A ALVAREZ OAPRA PANTEÓN D E L MARQUES S E MÚDELA Pasa el día de los Difuntos, el día que la sociedad consagra á sus muertos queridos, y las flores y las luces y las coronas desaparecen. De aquel dolor que se manifestara en su día no queda otra huella que la que mareó el buril del lapidario sobre la piedra de loa sepulcros. Algunos dejan las coronas que la lluvia y el sol deslucen, ó el ramo de flores cuyo estado de sequedad delata el olvido en que se tiene al muerto. Como en el día de Difuntos las menos de las tumbas eran las que no tenían coronas, después son las menos las que ostentan ñores lozanas. Pero hay algunas que las tienen siempre. Y yo, que visito frecuentemente el cementerio porque bajo dos tumbas llenas de flores descansan los dos seres para mí más queridos, experimento mayor tristeza el día de Difuntos al ver tanto aparato de pesar, tantas coronas y tantas luces, tantos seres atribulados, que en esos otros días en que el cementerio está solo, en profundo silencio, en absoluta calma, en que hasta el propio i ai do de mis pasos me parece que profana ¡a santa paz en que duermen los muertos. E. CONTRERAS Y CIMARGO Fotografías Asenjo r Ms f PANTEÓN DE LA FAMILIA GARCÍA DE T O R R E S