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La sociedad cumple al pie de la letra la máxima cristiana que aconseja paz á los muertos Paz ea sinónimo de olyido. Quizá no la cumpliese tan fielmente si lo que aconsejase fuera memoria. Por fortuna, lo que pide la CAMINO DEL CEMENTERIO máxima está en perfecta armonía con nuestra condición, y los muertos, olvidados por los vivos, disfrutan de la santa paz que para ellos pide el precepto. JSÍo obstante, un día en cada afio la religión exige que se recuerde á los difuntos, y los vivos, observadores fieles de un deber tan fácil de cumplir, invaden la mansión de los muertos y turban la paz del camposanto. La hoja del Almanaque se encarga de advertir cuándo debe rendirse el tributo oficial á la memoria de los que fueron, cuándo los vivos deben hacer breve paréntesis en sus alegrías habituales para consagrar una lágrima, una oración, ó un recuerdo á los que descansan bajo la tierra. Ese día el cementerio ofrece un cuadro totalmente distinto que el de costumbre. No es el lugar de reposo que tan elocuentemente habla al espíritu. Visitándole sólo ese día, puede creerse que, en efecto, los vivos no o l v i d a n á los muertos. Las tumbas, solitaCRISANTEMOS Y COROMAS rias todo el afio, tienen coronas y flores frescas, atributos y luces, que deudos y parientes consagran á la memoria del difunto. Algunas siguen abandonadas como estuvieron todo el afio, sin flores y sin luces, pero nadie atribuye á olvido el abandono; ante ellas, el espíritu, predispuesto al sentimentalismo, cree encontrar la causa en otra tumba que quizá esté también sin flores. ¡Y cuan grande debe ser el- amor de aquéllos que rezan ante er sepulcro, de aquéllos que lloran sobre las lápidas! El cuadro conmueve, y ante él han de sentir los más pesimistas renacer su amor á la humanidad. ¿Que tiene algo de romería esta conmemoracián á día fijo? ¿Que el grandioso cuadro que ofrece la vida rindiendo su tributo á la muerte suele verse turbado por escenas impropias del momento? No es bastante para desvirtuar ¡a imADORNANDO LAS TUMBAS presíóu que aquel espectáculo