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¡Que. te calles, condenao! En este instante una ráfaga de viento colóse por la chimenea y bajó bramando hasta esparcir las damas por el suelo. -jOuando yo digol- -exclamó Matías sin disimular el miedo. -Me voy. Esta noche paece que hay brajas hasta en las pencas de los chumbos. Algunos no quedrán creerlo, pero á esos tales los ponía yo de cintinela en el puente- -Si vosa mersé las hubera visto como yo, bailando un fado- -Oondió. -Y desapareció Matías sin aguardar á que el portugués contara lo del fado. No se le cocía el pan á Hipólito con aquella conversación tan fuera del camino á que él quería llevarla. Aquel hombrón duro y valiente en todas las faenas del campo, tenía el estrecho cráneo lleno de agorerías y supersticiones. Mejor se las habría con un lobo que con un alma en pena, y las historias con que las comadres asustan á la infancia se le revolvían, dando en tierra con toda la máquina de su valentía y de su esfuerzo. A la hora reglamentaria despidióse con aquel empaque digno y decoroso, un tanto alicortado en presencia de la Demetria, y embozándose en la luenga capa, que no pasaría un dardo, primero á tientas, luego alumbrado por el centellear de las innumerables estrellas, cruzó la huerta y salió al hondo caminejo. En lo alto de los tapiales se alzaban tiesas y ganchudas, con silenciosa inmovilidad de muerte, las chumberas y las pitas. Más allá movíanse unas masas negras, y rumorosas, las copas de los naranjos, respondiendo al soplo del aire con rumor de sordas lamentaciones. Arriba, en el gran casco azul, brillaba la llama blanca de los astros, velada por una bruma húmeda, lacrimosa, saturada de amarguras salobres. Antes de trasponer el último recodo, oyó Hipólito el clamor de la campana de la ermita, toraidn una especie de rebato funeral con qun TnM- í; i l! TMi: r á r- t 5 ÍÍ todos los negros fantasmas de a noi- iic. ¡Mohi, Í! fl signum! quiso decir con aquel a que hizo Hipólito en el camino. La campana seguía dando al viento su vibración clamorosa, los árboles parecían gemir con rumor doliente, la perezosa brug g y J J! B 5 ma se desgarraba en las pencas de las pitas como en jirones de un sudario inmenso- -Vamos allá, que estos espantijos son chiquillas y ná más que aparencias. En el inte, iré echando un requiescantimpace, que es cosa que quita el miedo y á las Animas les sirve. Pero al salir del camino y dar vista al puente se le remataron los alientos, quedándose helado con tal sensación de espanto, que hasta la capa vino al suelo. A entrambos lados galopaban unas figuras negras, erizadas, encorvándose sobre caballos sin patas que se desdibujaban cual si fueeen de humo. Unos lienzos blancos, resplandecientes bajo el fulgor de las estrellas, ondeaban como siniestras banderas á compás de aquel fantástico galope; al otro lado del puente alzábase una figura grande, monstruosa, con varias cabezas asomando por encima del sudario, y en una de éstas relucían con resplandor intenso y rojo sus ojos innumerables. La campana seguía sonando cada vez más trémula en aquel ambiente funeral; voces humanas, entre las que sobresalía una atiplada y dolorosa, entonaban un Responso, el canto de los muertos llenando la noche. Y cuando Hipólito vio con sus propios ojos moverse la figura grande, que alzaba el sudario con un brazo colosal con que podría tocar el cielo, no fué dueño de su voluntad, y volviendo grupas, emprendió una carrera loca, desesperada, para la que el campo era estrecho. -Lo que es el gachó no vuelve á pasar el puente. Sacabó el noviajo. Anda, Merinillo, arrancael cordel de la campana, quita esos pafíales de las zarzas pa que no se meneen espera que yo quite del pitaco éste el palo y la sábana apaga la vela del tostaor, no venga por ahí alguien y se lleve el susto. ¿Sabes que cantas mu retebién el gori- gori de los defuntos? Paeces un grillo enlutao. ¡Ajajál ya está el puente en traje de mecánica; ya pué pasar tó el mundo. A ver, mira qué bulto negro es ese- ¿Qué va á ser? La capa del nene. Concho con la capa é Dio! -Llévatela, tírasela en el corral. El bruto sa creío que se la llevó la pantasma. Ahora sí que Demetria es pa mil ¡Me la dan las 4 mííM Zsl JOSÉ NOGALES DIBUJOS DE MÉNDEZ EBINGA