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-No lo digas, demontre. Una hija como ésta, que es una oveja, ¿iba á tomaye cariño á semejante sonaja? Se riye con sus cosas. -Ahí está el toque, en que se riye; mira cómo con Hipólito no menea los labios. En estas incertidumbres pasó el invierno y la primavera, la recolección después, más tarde la vendimia, y andaban los industriosos santeros vendiendo la granada, cuando se reunió cierta noche el ilustre senado en la gran pieza de la casa, que era zaguán, cocina, comedor, hórreo, almacén de aperos delante de la chimenea de campana encañada por dentro, en qué ardía un tronco de naranjo y un montón de mazorcas peladas. Demetria hacía empleita cabe la lumbre vivaracha, y tenía en su benditísima cara un color de manzana en sazón que embelesaba al prójimo. Su madre labraba medias con un meneo de agujas que daba mareos, mientras el padre hurgaba el fuego y arrimaba sus pies descalzos como dos tostadas que quisiera poner en punto. Terciaba un hortelano portugués que hablaba seriamente de las brujas y las achacaba toda suerte de ruindades, amén de varias cosas útiles; y los dos pretendientes oficiales se hallaban frente á frente, Matías pureando como hombre dado á los vicios, é Hipólito muy reverendo, sin soltar la negra capa, que por arriba le rascaba la coronilla y por abajo le envolvía los pies. Merinillo, un monaguillo avispado y granuja que servia á Matías de lleva y trae, se enroscaba como un galgo untn al hogar. Hablaban de las l.i bori s dci (lí: i, do la conveniencia de f- eiubrar anlcí o ile- jiués de que las tierras SI ji- caraii, y el l) uen Hipulito en lerezaba sus razo- nes i or atún y á ver al dnquei, diciendo sin quitar ojo de la íreiitil empleitera: -Desengáñele u lé, tío Cnrro; la seiiientera, la pudren. Y aluego, ¿qué se arrecoge? Ná. -Lo que arrecoges tú- -dijo Merinillo. -Más vale que te arrecojas la capa, que te se va á quemar con los estampíos i Concho con la capa é Dio I- -Mira tú, cara de pajuela, á ver si no te metes en la capa de naide y te vas á tocar las Animas. ¡Nos ha fastidiao el crío metomentó 1- -saltó Demetria hecha una furia. -Eso. ¡Largo! que donde hay hombres no se nesecitan niños, -agregó Matías. Merinillo fuese algo corrido y como á regañadientes. La cara de Hipólito reflejó en dos resplandores distintos una súbita alegría y un agradecimiento conmovedor. En aquel instante pensaba: Lo que es esa me quiere. Qué buen amigo es ese Y se quedó ahondando en estas complicadas operaciones mentales, que eran para él un mundo. En esto, el portugués la tomó con las brujas y contó cosas estupendas. Conocía á todo el gremio de Villarreal y de Ayamonte, y hablaba de bestias perdidas halladas por sus artes, tesoros encontrados, enfermos sanos con cuatro menjurges y dos retahilas Sabía muy bien que los pescadores de aquella costa suelen hacer tres partes de lo pescado: una para el armador, otra para la tripulación y otra para las brujas, y de ahí ¡eche usted y no se derrame! -Mi padre las vido- -dijo Curro. -Las vido pasar por cima de la ermita en noches de éstas, cuando tocaba la campana. Ellas iban repicando en los almireces y dando chillíos Mi padre no las nombraba por su nombre porque dicen que es malo, que escupen en las huertas y se secan las matas de lo que haiga, y asín, cada vez que sentía el estropicio, decía: i Ya están ahí esas señoras. Ave María purísima! Y nosotros á jundir la cabeza en el jergón. -Esas serían las Animas- -observó la mujer de Curro, -que las noches de este mes salen del cimenterio y pasan por el puente en cuanto la campana se menea. ¡Dale! Si sabré yo lo que son ánimas y lo que son brujas, habiendo sío toa mi vida animero. Las ánimas no se puén ver máj que en el puente, y no llevan almireces ni dan chillíos. Si al caso, dan unos bramíos que jielan la sangre. -Mi tío Juan las vido una noche y es el que más puó decir deso- -dijo Matías. -Pasaban por los laos del puente montas en unos caballos sin patas, y jala que jala toa la noche con el lomo encorvao y echando al aire unos pañales blancos Allá en la puota, dice que estaba una grande con brazos que llegaban á las estrellas, y dando relumbríos hasta por la boca. Y á tó esto, el puente temblaba con el ¡ujujuml de unos lamentos que llenaban el aire amargoso en que se mascaba la llantina.