Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ONA R E P R B S E N T A C I O N EN BL SIOLO XVII D a CORRAÍ, DE U PACflECA AI, TEATRO ESPAÑOE Si el día de la inauguración de la temporada hubiesen levantado la cabeza aquellos ingenios peregrinos que constituyeron la edad de oro de la literatura dramática, para asistir á la representación en el teatro que fué de sus glorias, ¡qué asombro no sería el que se pintara en aquellos semblantes, que el lienzo y e! mármol perpetúan, al ver cómo se representan hoy las comedias! Constituía en aquellos tiempos todo el lujo de la mise en soene un lienzo recosido, que servía de fondo á las figuras, y que ni siquiera llegaba á cubrir el escenario. Este lienzo tenía el privilegio de representar á los ojos del piiblico todos los lugares en que se desarrollaba la acción de la comedia. Bastaba á surtir este efecto y á satisfacer la ilusión de los espectadores que el actor que estaba en escena cuando el cambio de decoración debía verificarse, se escondiese un momento y al salir nuevamente pronunciara estas sacramentales palabras: Ya estamos en palacio, en el bosque, en el templo ó en la prisión; y sin que hubiera desaparecido un solo trasto de los que habían sido indispensables en el cuadro precedente, continuaba la representación, sin que á nadie se le ocurriera protestar de aquel colmo de convencionalismo. Pues ¿y la maquinaria? La tempestad imitábase con un saco lleno de piedras, que se arrastraba sobíé el tablado; el sol con unos faroles de papel; en cuanto á la lluvia y otras menudencias por el estilo, como rumor del pueblo, fragores de batalla, etc. etc. bastaba con que el comediante dijera que lo oía, para que e) público quedara convencido e que tales cosas acontecían ante sus ojos. Hoy, si un actor exclamase: Qué tempestadl sin que la luz de los relámpagos, el fragor de los truenos y el raido de la lluvia al azotar los cristales de los balcones hubiera sido notado con rigurosa exactitud por el público, daría ocasión á la rechifla general. Y el aspecto de la sala del Español, ¿qué asombro no les causaría á los que vivieron en aquella época dichosa en que los teatros se llamaban corrales, porque lo eran efectivamente? Corrales limitados por las fachadas interiores de los edificios, á cqyas ventanas y celosías podían asomarse para presenciar la función los moradores de las viviendas, que por serlo disfrutaban igual derecho que el público pagano, que previo abono al cobrador que había en la puerta de los 16 maravedís, mediante los cuales podía ocupar un asiento en la grada, 20 si era mujer, y debía, por lo tanto, entrar en la pieza grande destinada al seso, y un real si además de ser hombre quería sitio de preferencia, constituido por los bancos, apiñábase en las localidades, teniendo por única techumbre para librar el cuerpo de los rayos del sol un toldo que en caso de lluvia no alcanzaba á evitar la inundación del patio, y por pavimento el mismo de la calle: guijarro mondo. IY pensar que este conjunto esplendoroso que ofrece hoy el Teatro Español es algo así como el fénix que renaciera de las cenizas del antiguo Corral de la Pacheca! ¡Que á la evolución de los tienípos se debe el prodigio de ver trocado en suntuoso templo del arte lo que fué antro asqueroso de la miseria artística) ¡Hoy que el ingenio dramático español sufre un eclipse y entonces que brillaba espléndidamente inundando de luz el Universo! Contar á grandes rasgos cómo ha podido verificarse esta evolución, era nuestro propósito al escribir las presentes líneas. Lancémonos por el obscuro laberinto que ofrece la intrincada historia del Teatro Español, y acometamos denodadamente el difícil bosquejo; y digo difícil, porque lo es sin duda condensar en tan poco espacio historia tan extensa y brillante. La representación de comedias en España data del tiempo de D. Fernando el ífowesÍO, y Zaragoza fué la primera capital á la que cupo en suerte servir de escenario á estas manifestaciones del arte. El marqués de Viliena, que para conmemorar el fausto suceso de la coronación de aquel rey compuso una obra representable en habla castellana, debe ser considerado como el primer autor dramático de nuestro país. Las representaciones públicas comenzarojí en 1492, en que Juan de la Encina ideó algunas farsas para contribuir al mayor esplendor de las fiestas E L AI GUACIL DE LOS B I L L E T E S que organizaban los nobles.