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-Por sua picardías, señor, por sus picardías. No sabe usted lo malo que ha sido. Ahora, el pobre no es más que- IBorracho, borracho, borrach I tornó decir la urraca. Y aquel montón de picardías dejó de pensar en el aguardiente, para deleitarse con el pájaro, su compañero de prisión. En esto, llegó una agraciada muchacha con el servicio de mesa, que arregló en un minuto. -Dios se lo pague, hija; al menos, con usted podrá uno entenderse. -No, sefior; mañana no llueve, lo verá usted. Aprieta el frío y las estrellas están muy alegres. ¡Yo sí que estoy fresco! Por lo visto he caído en el reino de Babia. Y en medio de un silencio sólo interrumpido por el alambreo de la urraca, los gemidos del borrachín y el sonar del péndulo, di fin á mi cena á punto que entraba el Sotolongo mayor, el jefe de la familia, muy embozado en su capa parda. -Ya sé, ya sé este señor es el que nos manda el Cernícalo; por muchos años ¿Y la familia? -A la disposición de usted. Siento de verdad estas molestias- ¿Temprano? Es natural. Descuide usted, que le llamarán á tiempo. Y siguió hablando de mil cosas, saliendo por los cerros de TJbeda cada vez que yo hablaba. Aturdido, mareado y cayéndome de sueño, fuíme á la cama. LlevároQse la luz y cerré los ojos, invocando blandamente al sueño consolador. w. l vJT -jrlíJ. ral. El sueño consolador huía; todo se agrandaba en la obscuridad y en el silencio; la absurda novela volvía á trabajar en el cerebro con fatigosa actividad de pesadilla. Aquellos Sotolongos ladinos disimulaban bien el concierto con su incongruente parlería. De seguro estaban allí, todos, acechando el momento en que el sopor me rindiera, para matarme ¿De qué modo sería? El primer tajo, en el cuello; es indiscutible. Para saber esto de cierto, era menester ver al guía, despachado ya en alguna covacha de allá adentro Ola rumor de pasos cautelosos, cierto roce de hierros, algún sollozo de uno que protestaba Y ni me movía siquiera, sintiendo el cuerpo pesado, oprimido, entregándome sin lucha en aquel negro minuto de tristísima digestión. Una ráfaga de aire sopló en los tizones, y á la débil llamarada que brilló un instante, vi entre las mantas que cubrían el sillón unos ojos turbios, inquietos, que parecían buscar algo con ansiosa solicitud, y allá, en lo alto de la pared, una cabeza lívida, recién cortada y puesta en un plato Entonces me pareció que caía en un mar de sombras, en un abismo sin fondo, en la Nada inerte y silenciosa Brillaba el sol coa alegres fulgores en la bóveda azul lavada por las lluvias, cuando salimos de Vétero. Ya los campos no eran grises ni las encinas se arrebajaban en la niebla sucia; todo se estremecía con el puro regocijo de una resurrección, j Ah, el solí 0o n qué agradecimiento le paga el mundo la vida que recibel- -Pero ¿has visto qué familia tan rara? -Si no son locos, lo paecen. -En toda mi vida olvidaré esta noche. ¡Válgame Dios, qué nochecita! Aprieta, hijo, menea esa espuela, que da usto correr por estos campos vestidos de gala, por entre estos charcos que parecen espejos azules Y cuando por la tarde llegamos al otro pueblo y caí desde el caballo á los brazos de un amigo inolvidable, en la misma puerta de su hogar, que voces infantiles alegraban, mi primera pregunta fué como un tiro á quemarropa: ¿Qaé me dices de los Sotolongos? -Sordos todos. Sordos como tapiales, y antes los despedazan que lo conñesen. El único que oye algo, no se menea. Pero, buenos de verdad, cristianos, excelentes. Y ante la lumbre bienhechora del fogaril, alrededor del cual jugaban los niños como mariposas, en aquella alegre morada en que el amor y la amistad colgaron su nido, sentí latir el corazón confortado en el seno de aquella paz venturosa, que es la verdadera vida. ¡Quién se acordaba ya de Vétero! JOSÉ NOGALES