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incunlii- í y los expedía para Vétero debidamente reconieiiiUuli Acaso los Sotolongos esos serían sus corroa, mtisales; la familia pudiente y cristiana no debía jfi i- la cuadrilla. ¡Al diablo el naranjo, el gorro y laf LMIIJJÜIS con que el picaro engañaba al mundo! Por I tilnliCii y recata su nombre... En cuanto al cabrero, cri. i de j. partida, no tendría otro oficio que el de reciiL ci- viajeros perdidos por malas artes cernicalescas y cdíi liicirids con toda seguridad al degolladero. UccuciJo que pasamos por la cumbre de un cerro en iini- liabia unas ruinas. Castillo dijo el cabrero resp miliciuiíi á mi mental interrogación. Abajo vi unas luce. -i y una sábana de humo azul suspendida en el aire, c Vercrm, volyló á decir el rabadán; y tendiendo la maiiD, refijü: ¡o el jornal y se volvió á sus cabras. Jiiíj. iudo la cuesta nos sorprendió la noche. Yo iba nnri dado en los mil hilos de la novela y no me sobresal; ai lan los tropezones; llegamos; un muchacho que lK al) ii nii tiesto con ascuas en la cabeza, nos condujo al solar ile los Sotolongos. El guía empujó la puerta, llamo, y nadie acudía. I or nuó no entras, bárbaro? En! ri) y yo tras él. A la derecha mano vi una sala amplísima y en su fondo una chimenea repleta de lumbre, ileuili el techo caían por las paredes, bailando una danz: L l iiutástica, los resplandores rojos que salían del Imsíar. Sentado en un sillón de alto espaldar enfundado con mantas, hallábase un hombre á quien mi llegada parot ía inijuietar. Díjele quién era y por qué venía, y ciiaiKli) ihimbré al Cernícalo despejóse su rostro antes irarund y sus ojos de bestia aprisionada volvieron á mirar C. MI triste fijeza á las llamas bailadoras. l a- adii un instante en que positivamente hizo un ran fuerzo mental, dijo aquel hombre: rrrt calo? Sí, sí; y me tendió la mano con una pilen i cortesía que me llegó al alma. Tanto apretó, que no iiile i- oprimir un gemido. iiolta, demoniol Y soltó sin dejar de sonreir, como quien no se da cuenta del esfuerzo que emplea en sn- a lo8. De una mesilla tomó un jarro de loza medio lleno de un líquido lechoso, que contempló con deleerari in. Bebió, y otra vez se quedó mirando al jarro coiii i preguntándose qué debía hacer; por fin vino á encajarlo debajo de mis narices. PufI quita allá. ¡Aii wnlientel Ño quiero. No, no quiero. Y como el muy idioiit íi. íuiera embocando el jarro cual si por fuerza liuliiora yo de beber, de un manotón lancé á la lumbre conleniít y continente. Alzóse la azulada llama alcohólica asustando á un pájaro que por allí estaría, porque sonaron alambres rozados con elpieo: en la cara del hombre se pintó el asombro por aquel acto tan natural. -Pero ¿en esta casa no hay nadie? Eh... l ¡Ah! Del techo cayó una voz de vieja desdentada que me hizo brincar: iBorracho, borracho, borrach i Los ojos del enfermo se animaron, y sus labios torpísimos intentaron una sonrisa. Aquello le complacía. Pasaron unos minutos y apareció una vejezuela con un gran velón en la mano. Detrás de las cuatro piqueras encendidas vi su cara alegrilla, sus ojos vivarachos, su pelo blanco y rizoso peinado en bandas. -iGracias á Dios! Señora, si como imagino, es usted de esta noble familia de los Sotolongos, conocida y celebrada en ocho leguas á la redonda... ¿Beber? Ahora mismo. Siéntese usted sin cumplimientos. Y dejando el velón sobre la mesa, una mesa auténtica del siglo pasado, fuese la viejecita con su aire de pájaro aturdido. Gracias al refuerzo de luz reconocí mejor el escenario. El hombre del sillón, idiota ó atáxico, era joven y conservaba cierta bravia altivez en la cara y en el cuello. Adornaban las paredes blancas unos cuadros, copias no del todo malas de antiguas pinturas: una cabeza del Bautista destacaba su cadavérica lividez sobre la plata cincelada del plato herodiano; un Sau Francisco recibía la impresión de las cinco llagas, con el rostro en éxtasis y la calavera al pie; otro santo sufría el martirio, agarrotado con unos cordeles que entraban en la carne A un lado de la chimenea movía loa ojos acompasadamente cierta figura del reloj de cuco; al otro, la Urraca enjaulada movía los alambres; sobre la mesa de caoba estaba el fanal con la virgencita y los floreros de hilillo de oro, descoloridos y polvorientos. Entró la viejecita trayendo una botella de vino rojizo como caldo de moras. Y como el enfermo se impacientara mirando el jarrillo que estallaba en pedazos dentro del fuego, dije: -Quiere su aguardiente. ¿Es su hijo, verdad?