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NOCHE EN VETERO Sabía de antemano que mi viaje á lo largo de la sierra tendría cierta desviación al llegar á la hondonada de los heléchos. En el período invernal el vado de la ribera desaparece, y es asaz peligroso echarse en brazos de la corriente, como decía un poeta local, ni más malo ni más bueno que los otros poetas. Los viajeros prudentes iban tres leguas más abajo á buscar el puente de Vótero, y aunque el viaje se alargaba, había la ventaja de hacerlo en seco y con relativa seguridad. Mi guía no conocía el terreno, porque era de la parte allá del cerro de los Aires, y á cualquiera otro que no á mí, se le habría ocurrido que un guía que no conoce el terreno no sirve para el caso. Recurrimos al huésped, hombre extravagante, que parecía ermitaño. Se le habían muerto no sé cuántos hijos, y entonces sólo vivía para cuidar de un naranjo que envolvía en paja y en lienzos para librarlo de la escarcha. Usaba un condenado gorro azul, por debajo del cual asomaban unos mechones amarillentos. En mi vida pude ver los gorros azules sin que la digestión se me turbara. Al preguntarle cuál era su nombre, titubeé; recuerdo bien esto: titubeó el muy ladino, y dijo que á él solamente le conocían por el apodo, que era éste: el Cernícalo. Diónos de cenar al pie de la lumbre, y luego, mientras fuera bramaba el vendaval, gimió no sé qué cosas sobre el maldito tiempo y la temible escarcha La pasión del naranjo lo volvía idiota. Así entre sueños, pues de puro cansado cabeceaba, oí que en Vótero no había mesones y que los viajeros r cy ciZes que el Cernícalo recomendaba, paraban en casa de los Sotolongos, familia pudiente y cristiana y hospitalaria como ninguna. En el espacio de tres años yo iba á ser el quinto alojado, pues ya había anunciado mi llegada con unos que iban á las Extremaduras á comprar trigo. Ensayé una cortés reverencia, pero pudo más el sueño que la cortesía, ó ésta fué tan al por mayor, que mi cabeza estuvo á dos dedos de la lumbre. Ayudado del viejo, me tendí en el camastro. A la luz de un alba sucia y brumosa, hicimos los preparativos. El Cernícalo nos dio tantas y tan minuciosas señas del camino, que era imposible su pérdida. Volvió á gimotear por lo de la escarcha y el naranjo, junto con su escasez de posibles para esta atención tan importante. Entendida la flor, tiré de la bolsa, á cuya vista dilatóse la cara del vejete, y con mil bendiciones nos puso bajo la protección de los Sotolongos, familia pudiente y cristiana aunque algo rara El resto no lo oí, porque ya el caballo lanzaba con sus patas á un lado y otro los chinarros de la calleja. En dos minutos salimos al campo. Vimos un fulgor amarillento como los pelos del Cernícalo; era el sol que jugaba sobre el lomo de las nubes. Al pasar bajo las encinas empapadas en la lluvia nocturna, una violenta aspersión nos sacudía. El suelo, lustroso, reflejaba la mísera luz que filtraba la bruma; los riscos humeaban; humeaban las cabras entre el monte; nuestro mismo aliento parecía un chorro de humo blancuzco con ligero tono cobrizo. Aquel eterno color gris que tomaban las cosas me ponía tristón y la bilis se derramaba á su antojo por los vasos húmedos. Durante una semana no veía más que nubes grises, nieblas grises, jarales grises, encinas grises, adelfas del mismo color bordeando turbios arroyos, y todo esto mojado, empapado, lacrimoso, como envuelto en la túnica de una desolación desesperada. Para remate de cuentas nos perdimos. No valieron las mil señas del Cernícalo, y aquella oañada de heléchos en la que estaba el apartadero, huyó de nuestra vista, desapareció El caso es que nos vimos sin saber cómo orientarnos. No sé el tiempo que estuvimos rodeando la sierra; ya la luz del día era muy débil cuando la fortuna nos deparó un cabrero. Contaba para sus relaciones con la humanidad hasta con tres docenas de palabras, y para sus relaciones con el ganado, con un cayado de roble que parecía de hierro. Este tal que digo, nos fué guiando hasta dar vista al pueblo. Durante el camino llovió en abundancia, y con el aire nos helábamos. Yo iba imaginando una novela, inspirada en la situación y en aquel paisaje tristísimo. Aquel Cernícalo era, sin duda, un grandísimo bellaco, un bandido jubilado que con su labia y su gorro de perfecto burgués atraía viajeros