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DE PARÍS La niña Petrilla y la nifía Blanche Jógnier, aquélla en Madrid y ésta en París, han sufrido al mis; tiempo un martirio atrozj el más impío de los martirios, porque lo ejecutaron quienes teníian el deber de amarlas y ampararlas. La Prensa madrileña se indigna al describir el martirologio de Petrilla. La Prensa parisiense refiere fríamente, en la sección de noticias diversas el martirologio de Blanche Jégnier. Y, sin embargo, la pobrecilla Blanche sufrió horriblemente. cBn su cuerpecito vense huellas de golpes antiguos y recientes; las carnes, completamente acardenaladas, parecen de un cadáver. No hay en todo su cuerpo un soló sitio que no tenga la veta de un golpOi Arrancada la oreja derecha, arrancados los cabellos. En mitad de la espalda tina profunda llaga. La daban estacazos. La azotaban con correas cuyas puntas tenían alambres. Llenos de piedad los magistrados que entienden en este martirologio, quisieron reaniniar á Blanche con una taza de caldo. Pero la nifia, ocultándose en sus infectos andrajos, rechazó la taza, porque no conocía el líquido que contenía. Jamás había bebido caldo! No hay Prensa que exceda en ternura á la Prensa parisiense. Pero la Blanche Jégnier es tutí caso corriente en Parí y la Petrilla es un caso extraordinario en Madrid. Por ser aquél d. e lo más corrjénte, la misma Prensa que fustigó á Gregoire por el martirio de su hijo Pedrín, efiime de responsabilidades al padre de Blanche. Todo fué obra de la madrastra. jÉl, aunque vivía bajo el mismo techo, no vio nadal A las nueve de la noche- -cuenta el Journal- -el marido, de vuelta del trabajo, no pensaba más que en comer y descansar. Así lo ha declarado. El pobre hombre (sic) que debía ignorar la mayor parte de estos hechos escandalosos, añadió que jamás oyó á la nifía quejarse de malos tratamientos. Volvía á las nueve, comía y descansaba Jamás se le ocurrió la idea de acercarse á la camita de la niña para darla un beso, para enterarse de si dormía bien ¡Comía y descansaba! Al fin la infeliz nifía, haciendo un esfuerzo sobrehumano y escapando á las garras de su madrastra, se echó á la calle, y cubierta de aur drajos, la encontraron en la esquina de una calle en actitud de pedir limosna y misericordia La trágica de las trágicas, la intensa Sada Yacco, no podría remedar el horror de aquella carita de nifía golpeada, ensangrentada y abandonada. París no es peor ni mejor que cualquiera otra capital del mundo. Pero á los pueblos, como á los individuoSj les hace insensibles la repetición de un mismo acto criminoso. París ya no llora tanto como lloró antes á sus nifiitas, muertas á golpes paternales. Lo macabro suele desatar la risa. El otro día iaépeacado en el Sena el cadáver de un hombre. Calla! Si es mi tío Eduardo Lecontel exclamó uno de los espectadores, según refiere el Eclair. -Entonces tómele, observó otro. Ah, no, gracias! Que le lleven á casa de mi yerno, con quien vivió. Le llevaron á casa del yerno, pero éste le dio al muerto con la puerta en las narices, diciendo que por nada del mundo le recibiría. Además, afiadió, el pobre diablo nó me necesita, puesto que ha reventado. Bisas de la multitud. Y ia pren a añadió Ipor todo comentario: Ningún cadáver ha viajado, tanto. El buen- Eduardo. Leconté emprendió tristemente el camino del Éomisariado de policía, de pués, mááítri 8 teménlé aún, el camino del depósito de cada- Pero más triste aún es el acostumbrarse á reir de estas farsas macabras y á llamar pobre hombre al padre que come y descansa mientras su hija sofoca entre mugrientos harapos los golpes que recibió de una mala hembra Lais BONAFOÜX DIBUJO DE R. CANALS