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TELA CORTADA LO QUE SE TRAEN T a Uogó l a corte, y en pos de ella se apresuraron á venir los prohombres políticos que h a n realzado con su presencia la vida de playas y balnearios; Iiasta el punto do que, á la h o r a presente, apenas si queda por ahí algún que otro Pidal rezagado. A Silvela se lo pasaron m u y buenas ganas de intervenirles- á l a llegada sus equipajes p a r a ver io qae se truiaii. porque como casi lodos ellos se dejaron decir á los periodistas que estaban m a d u r a n d o durante las vacaciones u n p h t n do c a m p a ñ a contra el Gobierno p a r a desarrollarle en la próxima legislatura, y que cuando regresaran á Ma Irid traer í a n ya consigo preparadas ledas las a r m a s era cosa de conocer éstas, con objeto de ponerse en guardia y esquivar sus agresiones. H a s t a pensó, en disfrazar de guardas de consumos á todos sus compañeros de Gabinete y colocarles en los fielatos de las estaciones, erigiéndose él mismo visitador ¡eixeral para ejercer m á s directamente la inspección; pero desistió de su original propósito, porque ni al m a r q u é s de Vadillo, con eso rictus t a n doloroso, ni á D. Marcelo, con ese abdomen tan pronunciado (e s e l único pz- ortiírec amíc iío de Az. árraga) ni á Gasset, con ese tipo de ijeiitleman, habría quien los tomase por individuos de la ronda. El único que estaba en carácter era García Alix. Asi es que se limitó á dar órdenes en los flelatos d las estaciones p a r a que se examinasen detenidamente los equipajes de los hombres públicos y se lo diese c u e n t a diaria de su contenido. Uno de los primeros en sufrir t a n odiosa investiga ión fué e. i equipaje de Romero Robledo. Al tropezar el vigilante con u n gorro frigio no pudo reprimir un grito do espanto. -Tranqiülícese usted- -le dijo D. Paco; -es u n recuerdo de Francia. Allí lo usa todo el m u n d o -Eso es u n a prenda á la medida. ¿A. la medida? ¡Calle usted, hombre! -Y colocándose el gorro frigio en la cabeza, añadió; ¿Lo ve ii. ced? Me viene la m a r dé ancho- -Entonces ¿para qué lo quiere? -P a r a asustar á Bcrriatúa. Aquella m i s m a noche sabía Silvela que su tocayo se h a b í a traído á Madrid un gorro frigio. -No se apuren ustedes- -decía al comunicárselo á sus íntimos; -para Romero eso no es u n gorro, sino u n éiifiorro En la m a l e t a de Gamazo oneoniraron cinco quesos de Reinosa, que pretendía introducir sin pagar derechos, üel á su constante empeño de ¡as econom í a s pcí o al vigilanlo le dio el o l o r á queso. -Esto hay que aforarlo. -Si no es p a r a mí P u e s ¿para quién es? -P a r a Sagasta. L a m c r c a n c i a fué decomisada, gracias á lo cual se h a librado D. P r á x e d e s de que Gp. mazo le dé el queso. En la m; leta del conde de das- Almenas sólo v e n i a ropa interior, y por añadidura; sucia. ¿Es de usted esta ropa? -le pre guntó el vigilante. -No, señor; de Barcelona. ¿Y la va usted á lavar en casa? ¿En casa, u n a ropa t a n sucia? Gá, hombre, eso se saca á la colada El duque de Tetuán t r a í a u n botiquín. ¿Esto es p a r a los descarrila mientes? -X o señor; p a r a las cuestiones políticas, ¿Por si le d a n algún golpe? -Al contrario, por si lo doy y o m e gusta darlo lodo completo, l il e q u i p a e d e l m a r q u é s de Pidal, que era uno de los m á s recomendados, se reducía á u n saco de m a no, dentro del cual llevalia su malogrado Plan de Enseñanza. El m a r q u é s no se aparta de él; le lleva, como los aspirantes á dramaturgos llevan su dirima, para E é r s e l e á cuantos tropiece por delante. -Eso paga, -le dijo el cabo. -Pero, hombro de Dios, ¿no está usted viendo que esto es para que la gente aprenda más de lo que aprende? ¿Todavía quiere usted que a p r e h e n d a m o s m is los de consumos por diez reales, y llevo hechas ya hoy h a s t a sesenta aprehensiones? -Usied sí que tiene poca aprensión. Y losró trasponer las puertas, no sin decir p a r a sus adentros; i i ero qué P l a n éste t a n desgraciado! ¡E s t a d o Líos que no h a de pasar por ninguna parte! Moret se negó r o t u n d a m e n t e á que le abrieran el equipaje, pretextando razones do higiene pública. ¿Trae usted ahí cultivos do la rabia? -Peor. ¿De la peste bubónica? -Muchísimo peor; traigo todas las doclaraciones que debía h a b e r hecho este verano; pero he tenido la m a l a suerte de no tropezarme, en los inlinitos sitios donde he estado, con nn periodista Los guardas, aunque de consumos, quedaron convencidos. P davieja, como viejo soldado, traía el equipo en u n pañ u c l de esos del repuesto, con los colores nacionales. Inútil es decir que no lo registraron. So ocurrió lo mismo con la caja de m u e s t r a s de Paraíso, que á pesar de poner -óf ií en la tapa, porque eran vidrios de su fábrica, la dieron cuatro golpctazos, haciéndole el género añicos. -A ver quién paga los vidrios rotos, -gritaba D. Basilio enfurecido. -Ya v e r á usied- -le contestaron- -como, al fin y al cabo, los paga la fábrica. L a escena m á s graciosa acaeció con el equipaje de Sagasta; al verle venir salieron todos los empleados, ¡h a s t a el fiel! porque h a b r á n ustedes observado que entre t a n t a gento romo presta servicio en u n a puerta, no hay más. que uno que sea fiel. Rodeáronle, y quieras que no quieras, lo obligaron á abrir el baúl. -Este sí que se las trae- -se docí. in los empleados mienlras D, Práxedes buscaba las llaves. -Aquí damos el golpe. -i Menudo t í o! ¡Vamos á descubrirlo todo! ¡Se salvó el Gobierno! i Cuál no S -ría su asombro al ver surgir de lodos lados pelotas, cajas do soldados, trompetas, banderillas, u n Catón, un Flouri y u n a chichonera! ¡Qué es e s t o! -e x c l a m ó el fiel oorquo los no fieles se habi; in quedado absortos. Q ié h a do ser! -respondió D. Prá. -ícdes con su habitual sonrisa. ¡Los juguetes del chico! EL SASTRE DEL CAMPILLO D U Í C J ü S DE CU. I. A