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cíese el cigarro y la per- rita, ni que con tal premura se escabullese del atrio ó de la robleda al presentir quo ¡b. i i iimar e una de palos Rozándole ó empujándole pa? íil an la- j mozas jaraneras y comprometedoras, que en todas arle. -i Uis bay, y Martín no apartaba los ojos del suelo. TJnicami. nteHi) iiri. -íaii muchachas cuando ellas cogían por banda á Minga y la hartaban de rosquillonaa, duras como guijarros, ó de zonchos fríos, ó de caramelos pringosos. La cuerda de aquel cariño fraternal, casi paternal por la diferencia de edades, era lo que vibraba en Martín con vibraciones hondas, con latidos de corazón inmenso. ¡Qué rechifla se levantó en la aldea al saberse cómo Martín había caído soldado! ¡Soldado aquella madamita, aquel miedoso, aquél que sabía coser y plan char y lavar como las hembrasl ¡Aquél que ni gastaba navaja, ni bisarma, ni una triste vara aguijadoral No hubo quien no se riese: los viejos con bocas desdentadas, las mozas con bocas frescachonas de duros dientes. Sin embargo, prodújose la reacción. Loa pobres tienen prójimo: las comadres de la aldea, las que han enviado hijos al servicio del rey, son piadosas. Y al ver á Martín tan pasmado, tan alicaído, tan encogido de alma, las buenas comadres probaron á consolarle á su modo con palabras de resignación, de esperanza quimérica, fantaseando intervenciones de santos y milagros sin pizca de verosimilitud. Martín agachaba la cabeza, cruzaba las manos, miraba á Minga y callaba Él sabía que era forzoso ir, no sólo al cuartel, sino á algo más terrible, que no se explicaba, que tenía para él mucho de misterio y más de horror, de eso que se ve en las ansias de la pesadilla ¡La guerral ¡La guerra allá lejos, lejísimos más allá de los mares! Pasábamos una tarde por delante de la casucha, y el sefior cura, que nos acompañaba, señaló hacia la cerrada puerta el jardín comido por las ortigas y zarzales, el balcón sin sus ristras de espigas, todo solitario y muerto con esa muerte de los objetos que indica la ausencia del espíritu, de la actividad humana, vivificadora. ¡Ayl El señor cura no se consolaba de la falta de Martín. ¿Dónde encontraría otro así para ayudar á misa, encender y despabilar velas, doblar y guardar las vestiduras, otro madamita igual, mañoso, dócil, bien hablado, bien mandado? ¡Y pensar que se lo habían llevado á pelear con los negros! ¡Qué cosas! ¡Qué desdichas! ¿Y la niña, la hermanita? -pregunté recordando una cabeza, con aureola de rizos alborotados de un rubio blanquecino, una risa infantil, unoscaTrillos de cereza, unos ojos celestes. ¡La niña! -repitió el cura. ¡Esa! Ya ni se acuerda de tal hermano. La recogió la tabernera, ¿no sabe? la mujer del Xuncras y como no tienen chiquillos, están con ella ífe