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OBSCURAMENTE i Í 4i a? F WÍ Í -x. jfV La casuca, al borde del camino, separada de la cuneta por un jardín no mayor que un pañuelo, era simpática, enyesada, con ventanas pintadas de azul ultramar rabioso, y un saledizo de madera que decoraban pabellones de rubias espigas de maiz. En el jardín no dejaban cosa á vida las gallinas y el gallo, escarbando ellas con solicitud y él con arrogante desprecio; pero así y todo, los rosales lunarios se cubrían de íinas rosas lánguidas, las hortensias erguían sus copos celestes, y un cerezo enorme, amaneradamente puesto por casualidad á la izquierda de la casa, daba fresca sombra. Aquella vista podía ser asunto de país de abanico, y mejor si la animaba la presencia de la chiquilla alegre y reidora en quien la vida amanecía con lozanos brotes y florescencias primaverales. Huérfana era Minga, pero no había notado la soledad ni el abandono, gracias á su hermano Martín, que la prodigó mimos de madraza y protección de padre. La niñez no siente nostalgias de lo pasado cuando es dulce lo presente. Minga no recordaba el regazo maternal. Era Martín- -solían repetirlo los demás mozos de la aldea, y no siempre con piadosa intención- -como una mujer. El sabía amañar el caldo y arrimar el pote á la lumbre; él lavaba, torcía y tendía la ropa; él vendía en la feria la manteca, Ja legumbre, los huevos; él vestía y desnudaba á Minga mientras fué muy pequeña, y la tomaba en brazos y la sonaba y la desenredaba la vedija de seda blonda, luminosa y vaporosa como un nimbo de santidad También la llevaba de la mano á la iglesia, porque Martín era algo sacristancillo, ayudaba al señor cura, y su vaga aspiración, si no hubiese tenido que dedicarse á cuidar de su hermana, sería cantar misa, adornar mucho los altares, ponerle á su Virgen ñores, colgarle arracadas de perlas La condición de Martín, su índole afeminada y pulcra, se conocía en lo limpio de la casuca enyesada y reluciente, en la ocurrencia de rodearla de jardín, en el primoroso seto de cañas- -en el vestir de Minga, siempre aseada y hasta engalanada con pañolitos de seda los días festivos, -y en cierta cortesía humilde que Martín mostraba á todos, á la gente de la aldea y al señorío, multiplicando las fórmulas obsequiosas, los Vayan con salud y los iDios les acompañe Jío hubo sombrerón de fieltro menos pegado á la cabeza que el de Martín, ni rapaz más enemigo de parrandas y tunas, ni que así ahorre-