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su marido, meterse carmelita. A b a n d o n a n d o graves asuntos pendientes, dejando siii amparo á sus liijos y sin cura su hacienda, vistió el hábito y se dirigió al convento de su propia fundación, en Pastrana. Cuéntase de cierta fundadora que decía á sus hijas: Yo no os descalzaré los pies, sino la cabeza. Habíase descalzado los pies la princesa, pero llevaba al retiro ceñida su corona de altivez, aquel genio por el cual escribió de ella Felipe I I que nunca en mujer de su calidad se había visto tal libertad de enojos, dichos y acciones. Aunque para significar tristeza y humildad se hizo conducir al monasterio en carro y no en coche, no cambió el sayal, su voluntad imperiosa, su ímpetu pasioaal, y como dice un cronista de la Orden, no dejó á la puerta la comodidad del regalo, la costumbre de mandar y el gusto de ser servida. Antes parece que se había recrudecido en ella (caso frecuente en viudas) la altanería y la condición caprichosa. Así ea que la Priora Madre Santo Domingo, al saber la nueva de que llegaba doña Ana, exclamó coa siuceridad teresiana: ¿La princesa monja? Yo doy la casa por deshecha. Proféticas palabras. Lo primero que hizo doña Ana fué exigir que impusiesen el hábito á las dos doncellas que llevaba cousigo; y como se le dijese que no padía ser sin permiso del Prelado, exclamó desazonada: ¿Qué tienen que ver los frailes en mi convento? Poco tardaron las monjas en ver con escándalo á una carmelita ateadida por doacellas, recibiendo visitas de seglares, no querii n lo hablar por la reja, sino mano á mano, y convirtiendo el claustro ea salón. Quejáronse á Santa Teresa, y la Madre escribió á doña Ana una severa misiva. No se corrigió la prim esa, y siguió burlándose de la regla, haciendo su gusto y convirtiendo en criadas suyas á las novicias. Hizo más: no pagó la renta asignada por su marido al convento. Intervino el rey, aconsejaudo á la princesa tuviese cuidado de su hacienda y familia, y al fin logró Santa Teresa que aquella peligrosa sor Ana de la Madre de Dios abandonase el convento y la dejase en paz. La firmeza, el tacto que en esto demostró Santa Teresa, son propios de su carácter, cortés y afable con los grandes, pero nunca dispuesto á sufrir sus abusos y sus injurias, ni á tender para cubrirlas el manto ilel humano respeto. La carmelita, humildísima ante Dios, era al mÍ 3 m. o tiempo la española y la hijodalga penetrada de su dignidad y resuelta á salvar la de sus hijas. Jíótese que la discordia entre la princesa de Éboli y Santa Teresa empezó cuando todavía doña Ana no había perdido un átomo de su valimiento en la corte. No fascinaban á la Santa; más. bien la. alarmaba que entrasen en la Orden grandes señoras; y en cambio- -segán escribe el Padre Báñez- -la causaba sumo deleite recibir á monjas que no tienen nada, y que se toman sólo por Diost. Acaso se fundase el recelo de la Santa en un hecho no bien depurado, pero con trazas de verdad, y que explica la acritud con que hablan de la princesa de Éboli ios cronistas del Carmelo. Dícese que cuando Santa Teresa estuvo en Pastrana, la princesa, curiosa y bascando emociones que la distrajesen en el villorrio, se apoderó del manuscrito de la Vida de la Santa, escrito de orden de sus confesores, no destinado al público, confesión íntima y reservada de hechos admirables. En aquella época, no tan devota como se cree, reinaba una desconfianza profunda respecto á los raptos, visiones, éxstasis y regalos del cielo, y se quemaba y azotaba á las embaucadoras. La imprudente princesa entregó el manuscrito á sus dueñas y pajes, y se vio en las antesalas lo que debiera leerse con reverente espíritu. Además, se charló y divulgó; súpolo la Inquisición, y como, repito, que se hilaba delgado, recogió la Vida; diez años la tuvo en su poder para examinarla, y se alzó contra Santa Teresa el vocerío de los que la llamaban fémina andariega y monja ilusa. Es fuerza reconocer que no debió de quedar á ia Madre grato recuerdo del castillo de Pastrana. Pero si cupiese en Santa Teresa ansia de venganzas, qué mayor castigo que el largo suplicio y horrible fin de la princesa, muriendo de lenta asfixia en aquel mismo palacio, sin aire, clavadas las ventanas guarnecidas de rejas dobles, á obscuras, tabicada la puerta é implorando en vano piedad, porque los acuerdos de Felipe II eran irrevocables EMILIA PARDO BAZAN DIBUJOS DE BLANCO COaiS