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c ¿3i (15 DE 0 CTUBRL) Macho se ha escrito de Santa Teresa, mucho se ha de escribir, y lo difícil es escribir poco. Mirar de cerca su vida y su obra, es asomarse á un lago encantado, en cuyo fondo cristalino suenan misteriosamente las campanas de una iglesia sumergida. Santa Teresa es en el siglo xvi, á la vez la gran mujer, la gran santa, el gran escritor de nuestra lengua, el gran testimonio de nuestra alma nacional. Familiares á todos los hechos culminantes de su biografía, por no repetirlos una vez más con sequedad de abreviatura, voy á escoger UQ episodio suelto, no de los más conocidos, en qae interviene otra mujer notable, muy discutida por los historiadores: doSa Ana de Mendoza y la Cerda, la, semihermosa princesa de Éboli, como le llamó donosamente Cánovas del Castillo. Es el pleito histórico de esta dama uno de los más peregrinos que he visto sostener. Los panegiristas de Felipe II niegan que el rey gustase de ella y tuviese celos de Antonio Pé rez, su secretario de Estado. Los detractores del demonio del Mediodía, en cambio, dan de estos amoríos escandalosos detalles. Debemos reconocer que si Felipe I I hubiese caído en tal debilidad, no sería éste el cargo más grave que la posteridad pudiese dirigirle. Vindicarle de una íiaqueza natural, y confesar, en cambio, que ordenó el conato de envenenamiento y el asesinato de Escobedo, -singular vindicación para la memoria de un hombre. No demos vueltas á este enigma; no presumamos siquiera cuáles pudieron ser los occidti rispetti; por los cuales el veneciano Oontarini decía que le había cobrado odio á Antonio Pérez el rey, y limitémonos á notar cómo ea aquel siglo de inmensa energía psicológica, mientras Santa Teresa abría su corazón enamorado al dardo del Serafín, el rey Prudente emparedaba á una alta señora, tal vez por haberla encontrado guapa, á despecho de que no tenía más que un sol: de que era tuerta (para hablar sin los anticipados gongorismos de entonces) La circunstancia que puso en contacto á Santa Teresa y á doña Ana de Mendoza, fué el deseo de la princesa de establecer en Pastrana un convento de Carmelitas, según la reforma de la santa madre. La princesa aspiraba á las glorias de fundadora. Corrían para doña Ana días serenos; vivía aún su marido, Ruy Gómez de Sylva, señor muy discreto y juicioso, privado y valido del rey. No agradaba en aquella ocasión á Santa Teresa apartarse de Toledo. Pero el valimiento del príncipe podía servir de mucho á la Orden, y Santa Teresa se puso en camino, echando con el viaje la red de oro de su persuasión para pescar con ella al padre Mariano de San Benito y á fray Juan de la Miseria, el tosco artista que nos ha dejado un curioso retrato de la Madre. Un presentimiento enfriaba el celo de Santa Teresa ea lo relativo á aquella fundación: adivinaba su corta vida y sus azarosos destinos. Sin embargo, á poco de llegar, existían en Pastrana dos conventos de Carmelitas, uno de frailes y otro de monjas. Pasó Santa Teresa tres meses en Pastrana, muy agasajada de los príncipes, en una atmósfera de halago cortesano que no se avenía con su ideal. Durante un espacio de cuatro años, la fundación corrió próspera suerte, hasta que en 1673 la princesa de Éboli quedó viuda. Los historiadores, discordes en otros particulares de la biografía de la princesa, andan contestes en reconocer que fué dichoso su matrimonio, y que hubo entre su marido y ella paz y concordia. El breve período borrascoso, de intrigas, pasiones, conspiraciones y desventuras, comenzó al fallecimiento del simpático portugués- D. Bus Si nos resolvemos á aplicar á una dama retratada con inmensa golilla por Sánchez Coello el lenguaje usual hoy, diríamos que la viudez determinó la neurosis en doña Ana de Mendoza. Los que se han propuesto representar á Santa Teresa como una histérica visionaria, comparen su. conducta á la de la princesa de Éboli, y verán en Santa Teresa el ápice de la discreción, la imagen del señorío y la defensora de la dignidad humana, Y es que no recuerda la historia mujer más normal y sensata que Santa Teresa, en medio de sus ardores místicos. -Fué el primer arrebato de doña Ana, al perder á