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-A V! rA 41 v l Vfnbl l í A n jiy mjLs m. kfii AYERON las primeras lloviznas; cayeron con rápida insolencia, mostrando al sol sns vibrani W i t 6 s dardos de plata, que muy luego se cuajaron como un llanto de alegría en l; is anchas hojas de la viña, anchas y brillantes como sombrillas de raso, y en la hojarasca vcrdiobscura de los castañares con el verde robusto y sombrío del terciopelo. Y las primeras lloviznas otoñales dieron la señal á los vendimiadores; el viñadero do chambergo gacho y de rostro cobrizo se enroscó la honda espantapájaros á la cintura; el casero viejo y bíblico rofraneó un apotegma propio de la estación, acarreando la primera brazada de leña para el llar de la cocina; el viento de la- sierra, atravesando gargantas de roca vestidas de nieve, entonó en el valle su elegía desgarradora, dispersando hojas y golondrinas; los crepúsculos tienen ya la profunda tristeza del otofio; largas nubes moradas, cirros de un rojo intenso y chispeante, anuncian las nieves impecables y nue as, que cubren como un yelmo de. plata los picachos más salientes y nnis altivos de la serranía. Llegó para el cortijo sen- ano la tumultuosa fiesta de la vendimia; una fiesta rústica y artística á la vez, andaluza y colorista. P i s á n d o l a s anchas planicies de rastrojos lacios y mojados por la lluvia, las eras sin parvas, los campos én que e l v e r a n ó tendió sü oro, y que ahora muestran la mustia amarillez do la estación nueva, llegó una cuadrilla de trabajadores rudos y tenaces, con el rostro bronceado por las solanas del estío, -con los burdos chaquetones en el hombro. YÁ Llegaron con las claras del alba, á puiíto en que los gallos lanzaban al silencioso ambjente sus flislados gi- itos de diana, cuando aún brillaban sobre el pico de los. cerros obscuros las últimas estrellas sobre un fondo de raso azul y luminoso. El campo en calma sintió el fuerte pisoteo de aquellos zapatones sobre la yerba mustia y abatida, aquel n n n o r de pasos vigorosos que sonaban en el silencio como un agreste ritmo de alborada. Y e ¡caserío blanco, y como acurrucado bajo su tejadillo verdirrojo coronado por la cruz de pino, adquirió huevo aspecto. ¡Dios guarde! ¡A la paz de Dios! -murmuró la cuadrilla desde la puerta. ¡Vengan con la Virgen! -contestó el casero, con esa voz de salmodia ritual que impregna las salutaciones campesi as: Y en seguida el- grupo- entero hizo resonar el hierro do sus zapatones sobre los broncos ladrillos d e la cocina, e n c u y o hogar, ennegrecido por el humo, inundado ahora por la arrogante llama del sar- miento, se doraban las CTJja. s de la m a ñ a n a Llegaba hasta allí, entrando por los ventanales largos y sin rejas, algo como el profundo séíitin) itíntó del paisaje semidesnudo y triste; el clamor de los álamos largos y estremecidos por el cierzo; el rabioso crujir de, las carirasoas, de hojas apretadas y verdinegras, resistiendo robustamente el ven- i daval serrero; y el grito del aire furioso, tendiéndose como señor y duefío sobre las anchas planicies de los valles, enredando su greña en las púas- y en las ramas desnudas, en los negros abrojales de la zarzamora, en el alborotado tallo do los brezos y de los lentiscos. -Ya cantan monos los ruiseiiores, objetó el casero embrazando un tronco de higuera, que arrojó de golpe sobre el hogar, levantando un tunnilto de chispas. -La yesca no arde y la corneja de la hondóná se guai- dó su canturria de noche ¡Ea, á la paz de Dios y biien ailo! ¡Jesús! -Y arrojó el tronco seco de corteza resquebrajada y jabonoso sobre el vivo rescoldo, que en seguida lanzó un diluvio de chispas crujientes á la ancha y tosca campana de ladrillos y envolvió con una corona de llamas zumbadoras la negra panza de la sartén humeante; una corona de llamas picudas y oscilantes, en cuyo fondo brillaba un intenso reflejo verde de ágata. Los rostros atezados, pensativos, con B. sa rara quietud filosófica y triste que adquieren los cam-