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Como él apenas se trataba con su familia, reducida á unos cuantos í jbrinos segundos y dos ó tres primos que le veían muy de tarde en Uiide, aunque podían esperar algo de su muerte, se ió solo cuando c- upezó la espantosa enfermedad, porque los periódicos no la anun iron hasta muy avanzada. Entonces fueron á visitarle los parientes, y aquel día dijo él médico d cabecera, hombre de ingenio vivo, a u n señor que le preguntaba i i i r f ciii i- r: H K tá muy grave. Hoy se ha presentado el peor l l síntomas. ¿Cuál? ¿La calentura? -No, sefior; los sobrinos. V n efecto; murió pocos días después, y entonces los parientes tomaron posesión de la casa, enterándose ante todo de si él difunto había dejado testamento. -Es preciso averiguarlo inmediatamente- -dijo uno de ellos, -porque tal vez TM haya ordenado algo sobre su entierro. Ya ofreciéndose para éste se habían l) Hí- i iil: ido varios agentes funerarios con grandes libi. i- i, i- u cuyas hojas llevaban fotografiados coches, carrozas, féretros, camas imperiales, mausoleos y catafalcos, desde lo más suntuoso hasta lo rnás modesto; pero los herederos presuntos nada se atrevían á decidir mientras no áveiiguasen, si era posible, la voluntad del difunto relativa al caso. -Yó no vacilaría en hacerle un: entierro dé todo lujo- -decía uno de los sobrinos, -Al fin y al cabo és lo último que podemos hacer por nneátio pobre tío. -Pues yo- -decía otro pariente- -opinó lo contrario. Nuestro pobre, tío no era vanidoso, y seguramente vería con mucho gusto que se le hiciera un entierro, decente, BÍ, pero modesto. Lo de que el pobre tío hubiera visto aquello con mucho gusto, era lo único cierto; pero por desgracia suya no podía verlo, y allí sé estaba, tieso como un palo, esperando qué sus parientes resolvieran cóñao se le había de enterrar. Por fin él ayuda de cámaraindicó quesu amo guar daba en un antiguo y rico bargueño todos lüs papeles de importancia, y que allí debía de hallarle el testamento. Guardado estaba efectivamente en un cajoúcitó secreto, y al encontrar el pliego con el Sobrescrito de Mi última voluntad, respiraron todos ios parientes, y con la natural impaciencia decidieron abrirlo; eiicerrándose para ello- en la más retirada habitación; y encargando de su lectura al que de todos los presentes tenía más edad, hombre como de cuarenta y cinbó años, que parecía un perro de presa con anteojos! La lectura del documento, legalizado en debida forma y de fecha reciente, dejó helados á los que se creían herederos en más ó menos parte. El pobre tío, como todos ellos le llamaban, dejaba una fortuna muy considerable, y salvo algunas mandas de escasa importancia para criados y obras de caridad, todo se lo legaba á su sobrino Arturo, auséáte de Madrid en aquella ocasión, hijo de una sobrina segunda, y el pariente menos cercano de cuanto s se juzgaban con derecho á la herencia. -lArturo! -exclamaron todos en el colmo de la sorpresa.