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EL HEREDERO UNIVERSAL En el anchísimo portal de la casa, al pie de la escálela, habían colocado una mesita con tapete, y sobre ella un tmteio, vanas plumas y unos cuantos pliegos grandes de papel blanco, que iban poco á poco llenándose de firmas. A la cabeza de uno de ellos de (la en letras gordas: El enfermo continúa en el mismo estado de gravedad í Asi corrieron muchos días, casi un mes, y, sin embargo, multitud de personas acudía á firmar con no decaído interés, como si la salud del paciente importase muy de veras á casi 1 4 9 r TM TM todos los habitantes de Madrid. Y es 1 f... era lo que se llama un personaje. I. K. rt. ij a j m a v que el enfermo Tenía tres ó cuatro grandes cruces, siendo, por lo tanto, (no se equivoquen los cajistas y pongan tonto) triple ó cuádruplemente excelentísimo; adornábase con varias condecoraciones extranjeras, y entre sus títulos honoríficos ostentaba seis ú ocho Ex de mucha importancia; es decir, que había sido y podía volver á ser. Esto último justificaba el crecido número de firmas que se veía en la lista del portal. Era aquél uno de esos enfermos cuya muerte parece esperar con ansia la cuaita plana de los periódicqs, que casi ha de llenarse con la fastuosa papeleta mortuoria, documento que á veces sería cómico si no fuera tan fúnebre; muestra de la vanidad hinchada, conjunto de apellidos y títulos, soberbia ridicula que acaba, sin embargo, con el humilde rasgo de suplicar que se asista al entierro en coche, para que el séquito sea lo más ostentoso posible. Aquel pobre señor pobre, sí, á pesar de sus rentas cuantiosas, se moría poquito á poco en una lujosa alcoba del piso principal, cuidadosamente asistido por los criados, que esperaban heredar alguna cosilla. Porque el enfermo era solterón, de los que siempre han vivido solos y que no echan de menos la familia hasta que una enfermedad los postra ó la vejez les obliga á no moverse de una butaca. Mucho había gozado en este mundo, muchísimo: realmente podía decirse que le quitasen lo bailado; pero las últimas piruetas las había hecho en el comienzo de la terrible enfermedad qu le mataba: un cáncer. Padecimientos insoportables vinieron á acibarar su existencia, tan dulce antes, y aquel señor que pasó de loa sesenta afios con la boca siempre sonriente y el chiste en los labios y la cara de Pascua, tuvo por único consuelo eaber, por las lidas colocadas en el poita! que todo Madrid se interesaba por él, hasta el punto de enir diaiiasaente á escribir su nombre ó ds- jar una tarjeta doblada.