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glado por el cable. Una conversación. Doa mil seiscientas tres palabras. ¿Y qué agencia ha sido la afortunada? ¿Agencia? La codicia internacional tiene un corCÍLO por cabeza en materia de viajes. Los lugares comunes que ya conocía han vuelto á llover sobre mi mesa de despacho. ¿Entonces? -La casualidad. Un vendedor de babuchas que me encontré en un barrio retirado. Desde mi coche vi su silueta de argelino, con sus calzonea y su chaquetilla sucios, esperando á que yo pasara. Y de aquella cara de barro cocido brotó mi idea, Ofelia. Es admirable! -No me digáis nada, Williams. ¡Sorprenaedmel Hundidme de pronto en ese sueño de ventura! -Dentro de cuatro días el pastor llamará sobre nuestras cabezas la bendición evangélica. ¡Y con ellas la dicha! -Salgamos, -El coche de camino acaba de pararse á la puerta del fondín. He ahí nuestros ingleses vestidos de piqué, con casco y velo. Ya se apean. -Guapo mozo es él. Y bien joven y distinguido. -Pero ¿y ella, Maurice Mefistófeles? ¿No se va á levantar la gasa? -El calor la obligará. ¡Ya! Señores, es una criatura divina! Hermosa mujer! ¡Qué lástima que no tengamos la música del regimiento para darla una serenata! -Pero pudimos formar la tropa. ¿Y á qué vendrán? ¿De paseo? -Mañana lo investigará Maurice. V- Oh, Williams, deten tu camello I ¡Qué espectáculo tan maravilloso! -Es el desierto, Ofelia. IV- -Por todas partes nos rodea el mar de arena. No se- -Nada, mi capitán. Ese equipaje no es el de una descubre límite alguno. Líneas azulea y amarillas que se alejan. El infinito por los cuatro puntos cardinales! exploración científica. -Pero ¡por vida de Moltke! ¿De quién puede ser- ¡Te veo conmovida! entonces? ¡Que me quede yo mandando lo que me res- -No sé qué siento. Esta soledad absoluta, este si ta de vida este último destacamento del interior de lencio supremo me abruman. Argelia, si lo adivino! -Es la conciencia de tu pequenez. Mira nuestra- -Los criados son moros. caravana, lo único viviente en esta quietud inmensa- -Eso nada prueba. que nos envuelve, y mira qué insignificante resulta. El teniente Maurioe atisbo por una tabla descla- El hombre, nada! La naturaleza, todo. vada el interior de un embalaje. -Así me imaginaba yo el desierto. ¡Ni un árbol. íA I r S i r- -7 -y Hola, hola! Teniente, venga por esa boca. ¿Qué había dentro? -Una ducha. ¡Bravo! Ingleses tenemos. Sólo ellos son capaces de viajar con tal sibaritismo. -Inglés é inglesa. -Este Maurice es el diablillo del destacamento y merece un obsequio. Mozo, Fine champagne! -Pues he averiguado más. Hoy mismo conoceremos á los expedicionarios. A ver! Un instante de silencio, señores. Son chasquidos de fusta. Ahí están. Salgamos del café. ni un accidente en el terreno! ¡La muerte bajo el desplomamiento del sol! ¡Qué bien observas, Ofelia! ¿Entonces no te pesa haber venido? ¿Pesarme? -Continuemos nuestra ruta antes de que caiga la noche. VI- -Hemos llegado. Te prometí buscar un retiro único donde amarnos en nuestra luüa de miel, sin ningún testigo, y ahí le tienes. ¡Esa choza de troncos entre las palmas, junto á ese fresco arroyo, es nuestra casa! ¡Oh, Williams! ¡Un oasis! ALFONSO PÉREZ NIEVA DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA