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i 4 ísi wsií 2 tr í i Vi 4 r -íi vis i. j J- J ív JVLl í J tenéis á vuestra prometida. La cedo el sitio para que cambiéis el hielo. II- ¿Pero no se le ocurre tampoco ningún sitio, Dick? ¡No ocurriéndosele á su honor! ¡Eh! No diga tonterías. La imaginación lo mismo brota bajo el pingo grasicnto con que cubre su cabeza el último perdido de Londres, que bajo el sombrero de copa flamante del lord chambelán. Nada, no resolvemos el problema. Sobre esa mesa las guías é itinerarios, los portfolios fotográficos de cuantos viajes se han hecho y pueden hacerse por las cinco partes del mundo conocidas y por conocer. Y ni una idea. No hay más remedio que apelar al anuncio. ¿Le trae escrito? -Hele aquí. -Venga. Mr. Williams Hall, que ha de casarse en breve, desea conocer el rincón ideal en que ha de pasar su luna de miel. Admitirá proposiciones á quien quiera hacérseles, en su palacio de la City, de diez á una de la mañana, ó por carta en cualquier idioma conocido. Condiciones á tratar. Prima á la rapidez; mil libras, y otras mil por éxito al regresar de la excursión de novios. Muy bien. Pues este anuncio á todos los periódicos del universo. III- -El júbilo os resplandece en el rostro, Williams. -Es que ya conocéis la frase profunda como una sentencia socrática. No hay felicidad como la de la víspera. Y como para llegar á la víspera de la nuestra sólo faltaba encontrar el rincón en que escondernos con ella, os digo que ya lo he encontrado. ¡Oh, qué bien! -Esta mañana; y ahora vengo de dejarlo todo arre- XvUlM V -Saludo al hada moderna en su trono exótico de loa tés de las cinco. -Míster WiHiams, mucho os habéis retrasado hoy. ¿Algún invento nuevo de ingeniería que os retiene? ¡Oh, no, haronesal Me ocupo de mi luna de miel. -Es verdad. Vuestra futura me dijo que pensabais ir á pasarla á otro planeta, en vista de que en la vulgar tierra- -No os riáis, amiga mía. El hecho es que no encuentro lugar á propósito. -Pero míster, ¿para qué se han hecho Italia, Suiza, Espafia? -No me sirven, baronesa. Italia: la Eoma clásica antigua, el ardiente Ñapóles, la soñadora Venecia, la monumental Florencia; pero ciudades populosas, muchedumbres, el ruido siempre. Suiza; Ohamounix. Quizás aquí. ¡Tampoco! Ferrocarriles hasta las más elevadas cimas, guías y expedicionarios por todas partes. Espafia: Sevilla, una inmensa petenera. Por donde quiera, una copla. Granada, un ejército de gitanos persiguiendo á los ingleses. Alemania: el Ehin orillado de castillos y de cicerones. ¿Qué hacer? ¡Ja, jal Tienen gracia esas semblanzas internacionales, míster. Pero vos, y eso sí que es tan exótico como mi trono de la estufa, verdadero demócrata á pesar de descender de reyes, que sin respeto á vuestro abolengo os habéis hundido por afición en el estrépito de la mecánica, otra extravagancia, ¿aborrecéis tanto á la gente? -Tanto no: más. ¿Pero por qué no elige Ofelia? -Me ha dejado la elección del sitio. ¡Quiere ser sorprendida! ¡Su spleen es tan épico como el mío! Desea un nido linico, original, extraordinario. -No os ofendáis, pero sois dos aves del polo. Aquí