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el más caro, porque requiere tantos gastos grandes y chicos, que la salida de un hombre de su casa pertrechado en regla es una ruina. Escopeta, morral, canana, cartuchos, red, botiquín, abrigo, impermeable, ¡qué só yo 1 Para ser cazador en regla es menester gastar más dinero que un torero en un traje de luces. Pero ya una vez en el campo, con tiempo favorable y en terreno apropósito, no se cambia el accionista de un monte por el emperador de todas las Rusias. En el monte se olvida todo: los negocios, la política, el amor, la amistad, el arte y las letras. El vicio de cazar degenera en pasión, y hombre hay que no anda en todo el año más que la distancia que hay de su casa al Casino ó á su oficina, y una vez con la escopeta en la mano y el perro delante, no hay le ¡S E Ñ O R E S LA U C E N C I A! guas para él. La caza renueva la sangre, abre el apetito, cura la neurastenia y ensancha los pulmones. El almuerzo en derredor de las piezas muertas, la carrera en pelo para ir detrás de la perdiz que se vio volar herida y caer á plomo sobre el rastrojo, la cena á la noche después de un día de fatiga, y la relación de lo ocurrido en el día, son placeres que no podemos comprender los icíseros mortales condenados á sedentaria vida. Todos los cazadores llegan á edad provecta, todos tienen color sano, y todos son embusteros. ¡Ah, eso si, embusteros lo son! Porque cuando se ponen á contar sus hazañas, se les va la burra, como suele decirse, y nos dan mil gatos por las mil liebres que mataron. Este mató el venado que pretende haber matado el marqués su amigo; aquél mató él solo veintitrés perdices, y los compañeros de caza eran veintidós; de modo que el único matador fué él; el otro, en tal ocasión, mató un jabalí que todavía no ha parecido, pero que es suyo. Son divertidísimos; pero son gente bueRECONTANDO LA CAZA na y sana y honrada, porque al que es cazador de sangre no hay que hablarle de cartas, ni de mujeres, ni de ambiciones políticas, ni tiene tiempo de hacerle daño á nadie. Él no le hace la guerra más que á todo ser que no hable y se deje perseguir y matar buenamente. Y á él le saben mejor que á nosotros las perdices y los, conejos, porque él los cazó, y al tragarlos le parece oir una voz que le pide perdón, con, lo cual come más á gusto. Bromas aparte, si el tiempo que la juventud malgasta en frivolas diversiones ó en vicios lo empleara en ejercicio tan sano como el de la caza, la generación presente sería más fuerte y menos pecaminosa. Por algo son cazadores casi todos los curas de pueblo, los cuales representan la parte más sana y más interesante del clero español. Padres de almas, ajenos á las luchas de la política, que por la mañana dicen misa y por la tarde salen á perdices y vuelven dichosos á sus modestos hogares con las piezas cobradas, con las cuales hacen felices á sus feligreses pobres. De estos santos varones hay muchos en España, y no es inoportuno el recuerdo. A EcsEBio BLASCO Foíogra ias de Muñoz de Bae ia UN P U E S T O DE P E R D I C E S