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Cuando acabó la visita de todas las casas que conocía, fué á meterse en un agujero del corral del tío Chiquet. Descolgóse de sus palitroques, haciéndolos resbalar bajo los brazos, y permaneció inmóvil largo tiempo torturado por el hambre. Su brutalidad le impedía penetrar lo insondable de su miseria. No sabía lo que esperaba de ese vago aguardar que nunca desaparece de nuestra alma. Aguardaba en el rincón del corral bajo el viento helado el misterioso concurso que se espera siempre del cielo ó de los hombres, sin preguntarse cómo ni por dónde, ni por quién le llegaría. Una manada de gallinas cruzó el corral buscando el sustento en la tierra, que alimenta á todos los seres. A cada instante picoteaban un grano ó un insecto invisible, y luego continuaban su rebusco lento y seguro. Oayn pana las miraba sin pensar en nada; luego le vino la idea- -más bien al vientre que á la cabeza, -la sensación de que uno de aquellos animales se podría comer asado en los sarmientos. El miedo de que iba á cometer un delito no le asaltó siquiera. Cogió una piedra que halló al alcance de su mano, y como era diestro mató la gallina más próxima. El animal cayó de lado agitando sus alas. Los otros huyeron balanceándose sobre sus delgadas patas, y Campana, irguiéndose de nuevo en sus muletas, se puso en camino para recoger la caza, con movimientos análogos á los de las gallinas. Cuando se hallaba cerca del cuerpecito negro, que tenía una mancha roja en la cabeza, recibió un tremendo empujón por la espalda, que le hizo soltar sus palos y le envió rodando hasta diez pasos más allá del lugar donde se encontraba. El tío Chiquet, exasperado, lanzóse sobre él y le molió á palos, sacudiéndole como un loco, como sacude un campesino robado, con el puño y la rodilla, todo el cuerpo del tullido, que no podía defenderse. Las gentes de la casa llegaban á su vez y ayudaban al amo á maltratar al mendigo. Luego, cansados ya de apalearle, le recogieron y se le llevaron, encerrándole en la leñera mientras buscaban á los guardias. Campana, medio muerto, ensangrentado y agonizando de hambre, quedó tendido en el suelo. Vino la tarde, luego la noche, después la aurora, y sin probar bocado. A medio día presentáronse los guardias y abrieron la puerta con cautela, esperando la resistencia del cri. minal, pues el tío Chiquet declaró que se había revuelto contra él y que con gran esfuerzo había logrado sujetarle. El cabo gritó: ¡Arriba! ¡A escape! Pero Campana no podía moverse: intentó ponerse de pie, sin conseguirlo. Los guardias creyeron que el malhechor disimulaba ó trataba de engañarlos, y le molieron á palos, sacudiéndole violentamente y plantándole en sus muletas. El miedo se apoderó de él; el miedo nativo de los salteadores novicios, el temor de la pieza ante el cazador, y el del ratón ante el gato; pero al fin, sacando fuerzas de flaqueza, acertó á permanecer en pie. ¡Andando! -dijo el cabo. Y anduvo. Toda la gente de la casa le miraba alejarse. Las mujeres le amenazaban con los puños y los hombres le injuriaban: por fin habían logrado meterle mano. ¡Buena limpia! El mendigo se alejaba entre sus guardianes, encontrando la desesperada energía que necesitaba para arrastrarse hasta por la noche, embrutecido é ignorando hasta lo f que le ocurría, lleno de miedo para comprenderlo. j Las gentes que le veían deteníanse para verle pasar, y los campesinos murmuraban: ¡Es un ladrón! Al anochecer llegaron al pueblo. Era la vez primera que lo veía. Ni imaginaba lo que ocurría ni lo que iba á acontecer. Aquello era tan terrible, tan imprevisto, lo mismo los semblantes que las casas, que todo le llenaba de consternación. Como nada tenía que decir, no desplegó los labios, pues no se daba cuenta de nada. Al cabo de tantos años sin hablar con nadie, casi había perdido el uso de la palabra. Le metieron en la cárcel del pueblo; y como los guardias no pensaron en que podía tener hambre, allí lo dejaron hasta el día siguiente. Mas cuando abrieron la puerta para interrogarle al amanecer del otro día, vieron que estaba muerto en el suelo. ¡Qué sorpresa! Gur DH MAUPASSANT DIBUJOS DE ANDRADE