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en las granjas y en los establos con singular destreza. Siempre desaparecía antes de que le vieran. Conocía los agujeros para meterse en las casas, y como el manejo de las muletas había dotado á sus brazos de un vicnv fl frenaba con sus manos hasta los pají ti- necia sin moverse hasta cuatro ó i provisiones suficientes. Vivía como las fieras délos bos (i 1 hombres, sin conocer á nadie, sin! ri- y á los campesinos sólo inspirabs de menosprecio indiferente y de nada. Como al andar iba columpiándose en sus dos palitroques, le apodaron Campana. Hacía dos días que no había comido. Ya nadie le daba nada, y nadie quería mirarle. Los de la aldea le gritaban desde las puertas al verle acercarse: ¡Largo de ahí, ca; nalla! ¿No hace tres i días que te di un ca r cho de pan? Y giraba sobre las muletas dirigiéndose á la casa más cercana, donde le acogían del mismo modo. Las mujeres se decían desde las puertas de sus casas: íío hay medio de mantener á un holgazán todo el afio. Sin embargo, el holgazán necesitaba comer todos los días. í Había recorrido San Hilario, Varville y los Billettes sin recoger un céntimo ni un mendrugo. Tournelles era su última esperanza, pero necesitaba andar dos leguas de carretera para llegar allí, y se sentía molido, casi sin poder moverse. Su estómago estaba tan vacío como su bolsillo, pero al fin se puso en camino. Era en el mes de Diciembre. El viento helado corría por los campos, silbando en las desnudas ramas; galopaban las nubes al través del cielo sombrío y se apresuraban dirigiéndose á lugares ignorados. El tullido marchaba despacio, cambiando penosamente de sitio sus muletas y apoyándose en la pierna torcida que le quedaba, terminada en un pie deforme envuelto en unos andrajos. De cuando en cuando sentábase en la cuneta y descansaba algunos minutos. El hambre derramaba en su alma una desolación honda y confusa. Sólo una idea le dominaba: comer, pero ignoraba por qué medio. Tres horas penó á lo largo del camino interminable. Luego, así que vio los árboles de la aldea vecina, apresuró sus movimientos. El primer campesino que encontró, y á quien pidió limosna, le contestó: ¿Ya vuelves por acá, camastrón? ¿Nunca hemos de vernos libres de ti? Y Campana se alejó. Andaba de puerta en puerta y le echaban de un lado á otro sin que nadie le socorriese. Pero sin perder ánimos seguía paciente y obstinado. Nadie le daba un céntimo. Entonces se dirigió á las casas de labor, al través de las tierras reblandecidas por las lluvias, tan extenuado que ya no era capaz de levantar sus muletas. De todas partes le lanzaban. Era uno de esos días fríos y tristes en que los corazones se oprimen y los espíritus se irritan; en que el alma está sombría y la mano no se abre para dar ni para socorrer.