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t -I A. AillVíAljF, KXv IvlKKDIOO A pesar de su miseria y de su horrible estado, había conocido tiempos mejores. A los quince años le rompió las piernas una carreta en el camino de Varville. Desde entonces mendigaba arrastrándose por los caminos, visitando los corrales de las granjas y columpiándose en sus muletas, que habían puesto sus hombros á la altura de sus oídos. Su cabeza parecía hundida entre dos montañas. El párroco de Billettes le recogió en un barranco la víspera de un día de Difuntos, y por esto le llamó Nicolás de las Santos. Vivió de la caridad, ajeno á toda instrucción, y quedó tullido después de beber algunas copas de aguardiente que por solazarse le ofreció el panadero de la aldea. Ya convertido en vagabundo, no supo hacer más que tender la mano. La señora baronesa de Avary le cedió antaño, para guarecerse, una especie de nicho lleno de paja, junto al gallinero, en la casa de labor que comunicaba con el castillo. Allí los días de riguroso ayuno estaba seguro de encontrar un pedazo de pan y un vaso de sidra en la cocina. De cuando en cuando recogía también algunos céntimos con que la dama le socorría desde el último peldaño de la escalera del jardín ó desde las ventanas de su cuarto. Pero á la sazón la señora había muerto. En la aldea apenas le daban nada, porque le conocían demasiado: estaban cansados de él por haberle visto pasear años y años su cuerpo andrajoso sobre las dos patas de madera. Y sin embargo no quería apartarse de allí, porque sobre la haz de la tierra no conocía otra cosa que aquel rincón del país y aquellas cuatro chozas donde se arrastrara su vida miserable. Había levantado fronteras á su mendicidad, y no le hubiera sido posible franquear los límites donde se movía. Ignoraba si el mundo se extendía detrás de los árboles que limitaban su mirada, y ni siquiera se le ocurrió jamás hacerse tal pregunta. Cuando los campesinos, hartos de encontrarle siempre en el lindero de los campos ó á lo largo de los fosos, le gritaban: ¿Por qué no vas á otra aldea en vez de rodar siempre por aquí? no respondía palabra, alejándose lleno de un miedo vago á lo desconocido, de un temor de pordiosero á quien asustan mil cosas confusamente: las caras nuevas, los insultos, las miradas sospechosas de la gente desconocida, y loa gendarmes, que van en parejas por los caminos, quienes por la sola fuerza del instinto le hacían esconderse entre las malezas ó tras los montones de piedras. Cuando los divisaba á lo lejos reluciendo bajo los rayos del sol, mostraba de pronto una agilidad singular, una destreza de monstruo, para ganar algún escondite. Dejábase caer de sus muletas como un trapo, se hacía una bola y rodaba; se achicaba, hacíase invisible, y sus obscuros andrajos confundíanse con el color de la tierra. Sin embargo, nunca tuvo que habérselas con ellos, pero llevaba el miedo en la masa de la sangre, cual si lo hubiera heredado de sus padres, á quienes no habla conocido. No tenía asilo ni techo, ni cabana ni abrigo. En verano dormía en cualquier parte. En invierno se deslizaba